¿Cuánto nos cuestan las guerras?

Muerte + de + un + surrealista + soldadoFuente: Publicado en el periódico Es Hora el 20 de julio de 012.

Aunque para gran parte del pensamiento oficial la guerra sigue siendo motor del progreso y de la historia, algo que nos es odioso y  ajeno (porque ocurre fuera de nuestras fronteras,) y las industrias militares se nos venden como dinamizadoras de la ciencia y de la economía mundiales, los antecedentes que conocemos la convierten en el fracaso ético de la política y, si nos atenemos al pensamiento de Albert Einstein, tal vez el peor desenlace que ha dado la humanidad y los ejércitos que las preparan el peor engendro que ha salido el ingenio humano.

Un reciente informe del Institute for Economics & Peace (IEP) llamado “2012 Global peace index” (se puede encontrar en Internet en la ruta http://www.visionofhumanity.org/gpi-data/#/2011/scor), nos muestra cómo las guerras y los conflictos armados que han tenido lugar en 2011 han supuesto un gasto mundial de más de 8 billones de dólares, es decir, el equivalente a todo el producto interior bruto de Alemania y Japón juntos durante ese mismo año y varias veces el dinero que el sistema mundial necesita para acabar con el hambre y la pobreza en el mundo.

Pero la guerra no es sólo el momento de la explosión del conflicto, y por tanto su gasto no se ciñe a esos 9 billones de dólares, sino que tiene un previo consistente en su preparación mediante fuertes inversiones en gasto militar, ejércitos permanentes, compra de material militar, estrategias geopolíticas encaminadas a ejercer la oportuna presión para mantener o modificar el estatus quo, etc.

Si al escandaloso coste directo de la guerra (no conocemos otro similar), le sumásemos el coste anual de su preparación, por ejemplo con lo que gastan los estados mundiales en ejércitos y presupuestos de defensa, y lo que se invierte mundialmente en fabricación y compra-venta de armas, la dimensión que alcanza un sistema de naciones y de ejercicio del poder mundial como el actual, no sólo se multiplica por varios cientos de puntos porcentuales, sino que, en gran parte, explica lo depravado del orden internacional y la necesidad urgente de desprender la guerra y su preparación para arrumbar a un mundo basado en la justicia y el respeto a la naturaleza.

Tal vez estas afirmaciones tan enfáticas parecerán algo exageradas, acostumbrados como estamos a encubrir la crueldad y a considerar que todas las palabras son falsas. Por eso las acompañaremos de cifras que demuestran lo aberrante de la situación y lo necesario de su cambio.

Ha habido guerras de todos los tipos, tamaños, duraciones y gustos (según el Libro Guinness de los Récords):

  • La guerra más breve que se conoce es la que se declaró entre Gran Bretaña y Zanzíbar el 27 de agosto de 1896, según los registros, duró sólo 38 minutos.
  • La guerra más larga habría sido la Guerra de los Cien Años que duró 116 años. Otro conflicto bélico también de larga duración fueron las Cruzadas, una serie de batallas que duraron cerca de 200 años. No obstante, la llamada Guerra de Arauco duró unos 300 años, con largos periodos de tregua. Si se considera como una guerra contínua, la guerra de la Reconquista en la península Ibérica es, con mucho, la más larga de la historia con casi 800 años, si no consideramos los frecuentes tratados de paz, alianzas y batallas esporádicas muy localizadas.
  • La guerra más sangrienta por el número de muertos fue, con mucho, la Segunda Guerra Mundial con sus más de 60 millones de muertos por una u otra causa. Sin embargo, la Guerra de la Triple Alianza lo sería en relación a la aniquilación de la población paraguaya, descendiendo los habitantes de Paraguay de 1.400.000 a 220.000; quedando sólo unos 30.000 varones en edad reproductiva.
  • Nuevamente la Segunda Guerra Mundial ostenta el récord de ser la más costosa económicamente.
  • La guerra civil más sangrienta, entendida como la que produjo mayor número de muertos, se produjo en la China de la dinastía Qing y es conocida como Rebelión Taiping (Gran Paz traducido del chino). Se libró entre la citada dinastía Qing y tropas del gobierno Manchú, también chino, desde 1851 a 1864 donde los cálculos más ajustados indican que las muertes pudieron oscilar entre los 20 y los 30 millones de personas.

Más de 158 conflictos armados en el mundo

Según el informe citado de IEP, en nuestro planeta están vigentes 158 conflictos armados o violentos (tengamos en cuenta que estados reconocidos por Naciones Unidas hay 193 y que otras entidades más o menos independientes podrían hacer que la cifra final subiera a 244 entidades, tanto reconocidas como sin reconocer), los más sangrantes distribuidos entre (por orden de más grave a menos) Somalia, Afganistán, Sudán, Irak, Congo,…

Es curioso comprobar que de todos los estados del planeta, sólo 25 no tienen (oficialmente) ejército. Mucho más curioso comprobar qué estados son esos que se han librado, al menos aparentemente, del enojoso yugo militarista:(cuadro 1)

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Seguramente esto ya nos dice algo respecto al grado de militarización planetario y mucho más sobre las guerras y su funcionalidad para garantizar que todo siga igual.

Volvamos sobre los conflictos existentes. La mayoría de los conflictos que podríamos calificar de gravísimos incorporan algunas características comunes:

  1. Ocurren en los estados con menor índice de desarrollo humano   
  2. En ellos existen grandes intereses geopolíticos o geoestratégicos de las grandes potencias teóricamente no contendientes
  3. En la inmensa mayoría de ellos, paradójicamente, las superpotencias son cuando menos un actor militar más del conflicto (cuando no su actor principal).
  4. Las armas que se usan son de patente y fabricación, en su gran mayoría, de los principales países exportadores de armas en el mundo (entre ellos España, que ocupa el deshonroso séptimo lugar como exportador de armas mundial)
  5. En ellas siempre pierden los mismos y tienen casi todas los mismos beneficiarios y,
  6. Desde luego, todas consolidan en su finalización un orden de poder que reproduce los esquemas de dominación y violencia propios de nuestro paradigma global

Tal vez tenemos derecho a pensar que se trata de coincidencias puras o simples o que, cuando menos, son razonables pues son los pobres los que de toda la vida se pelean por las migajas y en un mundo global es lógico que las llamadas grandes potencias tengan intereses globales, no siempre para mal. Ahora bien ¿no cabe pensar con igual legitimidad que estas casualidades tienen poco de casual y sí mucho de causal?

Más datos, ahora de esa guerra global y multilocalizada que es la Guerra contra el Terrorismo Internacional:  las guerras que Estados Unidos ha emprendido desde los ataques terroristas del 11-S han costado hasta la fecha cuatro billones de dólares (2,77 billones de euros), según un estudio del Instituto Watson para Estudios Internacionales de la Universidad de Brown. Casi 10 años después de que George W. Bush declarase la guerra al terrorismo, la contiendas de Afganistán, Irak y las operaciones en Pakistán han matado al menos a 225.000 personas, entre civiles, soldados o contratistas destinados a esas zonas. Muchas de las víctimas han muerto como consecuencia directa de la guerra; otras por la falta de agua potable, escasez de alimentos o falta de atención médica (EL PAÍS, 29 de junio de 2011 y también se puede ver mucha información en costofwar.org).

La misma fuente nos hace afirmar que, para la mayoría, la guerra es un negocio nefasto:  debido a que esas guerras se han financiado casi en su totalidad con dinero prestado, ya se han pagado 185.000 millones sólo en intereses y cerca de un billón podría ir acumulándose de ahora al año 2020.

Cifras de muertos en guerras:

La peor y más escandalosa noticia que nos publicitan los medios sobre las guerras es el número de muertos que provocan. Ni siquiera queremos abundar en el salvajismo de muchas de estas muerte ni en la crueldad de este asesinato consentido.

Se calcula (y de manera muy aproximada y a la baja, porque nadie se dedica a realizar un recuento con rigor) que desde 1914 a 2010 el número de muertos en guerras ha sido de más de 86 millones de personas. Personas que perdieron directamente la vida por causa de la guerra, a las que seguiría un cúmulo inimaginable de heridos, mutilados, desplazados, empobrecidos y un largo etcétera (Tabla 1).

Época

Número de muertos directos (números redondos)

De 1914 a la II Guerra mundial (47 grandes conflictos)

57.000.000

Desde la II Guerra mundial a 1989 (59 grandes conflictos)

14.201.000

Desde 1990 a 2010 (44 grandes conflictos)

16.000.000.

TOTAL

87.201.000

Llama la atención en estas cifras el incremento de muertos a lo largo de las épocas, pero, sobre todo, el desplazamiento hacia la población civil del número de muertos, que en las nuevas guerras es la que sufre el mayor número de bajas: se calcula que en la I Guerra Mundial el número de bajas civiles fue del 5 %, en la II Guerra Mundial este número ascendió al 50 %, en la guerra de Vietnam se llegó al 80 % y en las actuales guerras se piensa que los muertos civiles son alrededor del 90 %.

También podríamos hablar de la “feminización” de la desgracia de la guerra, pues cada vez más, los mayores males son sufridos por parte de las mujeres.

Más de 300.000 menores de 15 años como soldados en las guerras en activo.

En el actual panorama internacional combaten en los diversos conflictos militares, según Naciones Unidas, al menos 300.000 niños soldados menores de 15 años. Podemos hacer un consulta exhaustiva en la página de A..I donde se habla de la campaña emperndida por esta entidad contra tal aberración (http://www.es.amnesty.org/camps/ns/mapa.php#)

Los métodos de reclutamiento son, cuando poco, singulares: secuestro, extorsión, amenazas de muerte de sus familiares…  No menos brutales son los métodos de “retención:  palizas, drogas, violaciones, amenazas de venganza hacia sus seres queridos, ejecuciones ejemplarizantes…

A este elenco de menores extorsionados y militarizados acompaña además el de secuestros de mujeres y niñas para servir de esclavas sexuales de los ejércitos, una imagen de la guerra que la prensa habitualmente no nos ofrece.

También en estados aparentemente pacificados existe este secuestro de jóvenes para el ejército. En en Cono Sur, por ejemplo, se le conoce como arreos y es tradicional y devastador entre jóvenes campesinos.

La distribución de estos niños soldado también es significativa: 2 países de Europa, 5 de Hispanoamérica, 7 de Asia y 10 de África. Aunque los datos son imprecisos, según diversos actores internacionales (UNICEF, AI; Cruz Roja Internacional, Wars Resisters international, etc) se pueden estimar lo siguiente: (tabla 2)

núm en el ranking

País

Número estimado

1

R.D: Congo

30.000

2

Colombia

26.000

3

Somalia

25.000

4

Mozambique

16.000

5

Angola

14.000

6

El Salvador

12.000

7

Sierra Leona

11.000

8

Afganistán

10.000

9

Sudán

10.000

10

Uganda

9.000

11

Nepal

9.000

12

Nyanmar

8.000

13

Chechenia

7.000

14

Sri Lanka

6.000

15

Guinea Bissau

5.000

16

Liberia

5.000

17

Burundi

4.000

18

Guatemala

3.000

19

Nicaragua

3.000

20

Filipinas

2.000

21

Honduras

2.000

22

Kosovo

2.000

23

Irlanda del Norte

1.000

otros (maras, ex-desmovilizados, etc)

80.000

En muchos de estos escenarios de guerra se han iniciado programas de reinserción y de desmilitarización de estos niños soldado que, en gran parte, son una muestra exitosa de cómo la alternativa noviolenta puede intervenir en lo conflictos sin acudir a la militarización.

Llama la atención, de nuevo, que estos los soldados mataron y destruyeron con material bélico vendido sin ningún escrúpulo en el Primer Mundo y que, a pesar de que en occidente se rasgan las vestiduras los vetustos próceres de los estados exportadores de armas al saber de la existencia de este reclutamiento cruel, nada hacen por detenerlo, cuando no colaboran complacientemente con alguno de los ejércitos en liza.

Pero el drama de los niños no es sólo su reclutamiento forzoso. Las guerras habidas desde 1990 a la fecha han causado, al menos (según la UNICEF) otros “daños colaterales”:

  1. 2.000.000 de niños muertos
  2. 6.000.000 de niños heridos
  3. 10.000.000 de niños con graves enfermedades mentales
  4. 22.000.000 de niños desplazados de sus hogares
  5. más de 50.000.000 de niños empobrecidos

Desplazados por los conflictos armados

La cifras de que se dispone (OIM, ACNUR) hablan de un número de desplazados actualmente por guerras superior a los 25.000.000 de personas, la mitad al menos en África, si bien los desplazamientos por guerras a lo largo del Siglo XX han afectado a más de 200 millones de personas. Veamos una lista de los principales desplazamientos a que hemos asistido a lo largo del siglo: (Tabla 3)

Principales desplazamientos

núm. desplazados

India

50.000.000

Sudán

6.000.000

Colombia

5.000.000

Costa de Marfil

4.000.000

Irak

4.000.000

República Democrática del Congo

3.400.000

Birmania

3.000.000

República del Congo

3.000.000

Pakistán

3.000.000

Somalia

2.000.000

Etiopía

2.000.000

Tayikistán

1.500.000

Uganda

1.000.000

Eritrea

1.000.000

Azerbayán

900.000

Israel-Palestina

450.000

Chechenia

400.000

Georgia

300.000

Sri Lanka

300.000

Serbia

300.000

México

250.000

Chad

200.000

Desplazados por la II Guerra Mundial

35.000.000

Desplazados por I Guerra Mundial

12.000.000

Destrucción de bienes materiales e infraestructuras:

 Pero, como sabemos, la guerra incorpora también la destrucción de infinidad de infraestructuras y de bienes. En realidad la guerra consiste, entre otras cosas, en provocar en el enemigo la destrucción de sus principales infraestructuras para obligarle a rendirse o  pactar unas reglas de juego favorables a los vencedores.

A pesar de no existir estudios especializados sobre el coste económico que tiene la guerra en lo que se refiere  a destrucción de bienes e infraestructuras, podemos hacernos cargo de éste a partir de ejemplos concretos: la guerra civil española devastó por completo el sistema productivo previo, retrotrayendo la economía a finales del siglo anterior. Igualmente, la II Guerra mundial produjo la desaparición de más del 60% de la economía previa a la guerra y exigió el plan Marshall y la inyección masiva de inmigrantes de los hoy denostados países del sur para elevar las infraestructuras centroeuropeas a su actual estado. La guerra de Irak devastó por completo las infraestructuras económicas, de comunicaciones, conducción de agua, sanidad, electricidad, etc., del país y la supuesta “reconstrucción” ha superado, hasta la fecha, el billón de euros, sobre todo otorgados mediante contratos del Banco Internacional de Desarrollo a empresas de muy dudosa ética  (entre ellas consorcios creados por JP Morgan Chase & Co, Standard Charters, Banco Nacional de Kuwait, Deutsche Bank, etc., según el The Wall Street Journal).

Lo mismo podríamos decir de Afganistán, prácticamente devastada, pero que ha supuesto para empresas como Halliburton (mercenarios) ganancias de más de 300.000 millones de dólares.

La devastación material que provocan los guerras, en cifras globales, implica un retraso para el país donde tienen lugar los enfrentamientos, que lo retrotrae económicamente al menos un lustro hacia atrás, pero a la vez supone un “suculento” pastel y negocio para las empresas interesadas en su “reconstrucción”, normalmente grandes corporaciones de las grandes potencias en consorcio con sus instituciones de capitales.

La huella ecológica de la guerra

 Pero la devastación de la guerra no es sólo de la estructuras económicas y de las infraestructuras, sino también del medio ambiente y del patrimonio cultural y antropológico previo.  Incendios de masa forestal, contaminación por minas y otros artefactos del campo, contaminación de aguas y ríos, vertidos, dispersión de elementos químicos y radiactivos (balas enriquecidas con uranio, vertidos químicos, etc.) chatarra de la batalla, emisiones, destrucciones de ecosistemas y un largo etcétera componen el paisaje postconflicto y generan una profunda huella que habitualmente no es valorada entre los costes de la guerra.  En resumidas cuentas, la regla para calcular el destrozo ecológico de las guerras es muy sencilla:  si vives en un país en guerra, tu huella ecológica es mucho mayor que la media.

Por poner un ejemplo ilustrativo, la prensa estadounidense se hizo eco del informe de un almirante estadounidense el el que cifraba el impacto radiactivo de las fuerzas armadas de estados Unidos durante la guerra de Irak en 70.000 toneladas de desperdicios radiactivos, los cuales habrían cubierto Irak con 4 millones de polvo radiactivo procedente del uso de armas enriquecidas con uranio ( Fuente:http://www.envirosagainstwar.org/know/read.php?itemid=1712).

Ahora bien, la huella ecológica de la guerra y su preparación va anualmente mucho más allá: la que producen los vertidos de los ejércitos, la que producen las maniobras militares, la que producen las pruebas de misiles y armamentos, … Una incalculable y terrible lacra que tiene costes económicos y en términos de futuro de la humanidad.

Según tiene reconocido el mundo académico, el ejército, tanto en tiempos de paz como en su más dramático ejercicio de la guerra, es uno de los principales contaminadores mundiales y, dada la capacidad que han alcanzado algunos de ellos con la posesión y uso de armamento biológico, nuclear y químico, uno de los más peligrosos agentes que amenaza nuestro futuro, a pesar de lo cual ninguno de los tratados internacionales relativos a estos asuntos aborda su papel ni le pide ningún tipo de responsabilidades.

La guerra y la represión y violación de derechos humanos

 Tanto la guerra en sí como la postguerra son verdaderos semilleros de violación de derechos humanos. Precisamente éste es el elemento que con más énfasis enseñan los medios de comunicación pero, lógicamente, restringidos a la actuación perversa del enemigo o del enemigo de nuestros intereses.

Por poner ejemplos significativos, la prensa aireó durante la guerra de Irak la represión ejercida por Sadam contra sus enemigos y las constantes violaciones de derechos humanos de su régimen. Lo mismo pasó con las aberraciones de los talibanes en Afganistán e igual ocurrió con la guerra de Libia, donde no nos cansábamos de ver las atrocidades de Gadafi e igual ocurre ahora con las de Asad en Siria.

Poco se dijo entonces de las violaciones cometidas con cierta regularidad por las tropas de las coaliciones internacionales occidentales o por las que en el postconflicto cometen los vencedores libios o en la guerra siria los “rebeldes”.

Existe una legislación precisa tanto sobre el derecho de hacer la guerra como el derecho con el que hay que conducirse en su desarrollo. Puede ser que el ingenio leguleyo no dé para más que para intentar regular la guerra en un cierto marco de brutalidad aceptable. Pero lo que todos sabemos es que cada contendiente invoca sus derechos a hacer la guerra cuando le apetece y al margen del maremagnum internacional de reglas de juego y que en su desarrollo la licencia para el crimen es absoluta y sus efectos abrumadores.

La postguerra suele reforzar precisamente los mecanismos de represión hacia el vencido e imponer regímenes que refuerzan los principales argumentos militaristas: dominación y violencia como argumentario y objetivos y respeto al estatus quo mundial opresivo como regla de juego.

Armas en el mundo

 El negocio de la guerra se prepara, planifica y “negocia” en tiempos de paz.  La venta de armas, las negociaciones opacas de las industrias militares y ciertas e inconfesables maniobras diplomáticas y comerciales previas anticipan el conflicto. De hecho hoy podemos vislumbrar los nuevos escenarios bélicos del futuro a poco que veamos los movimientos de capitales occidentales y las transacciones de armas que éstos realizan.

En la actualidad circulan por el mundo 640 millones de armas de diferente sofisticación y cada año se fabrican 8 nuevos millones de armas dispuestas para la venta.

Al año se fabrican 16 billones de balas de diverso calibre (2.000 balas para cada persona del planeta).

Y, sorpréndanse, diez estados del mundo son los protagonistas fundamentales de esta venta lujuriosa de armas y de la exportación de conflictos a otros países y regiones, como el que exporta naranjas. Las cifras son variables pero utilizando las del SIPRI podemos dar la siguiente tabla de países canallas (Tabla 4)

País

Cantidad vendida en 2011 (en millones de dólares)

Estados Unidos

8.461

Rusia

6.039

Alemania

2.340

China

1.423

Francia

1.154

Reino Unido

1.022

España

866

Italia

834

Suecia

774

Israel

627

Ejércitos en el mundo

 La cifra global de militares en el mundo supera los 20 millones, concretamente 20.098.160

en cuanto a los ejércitos con mayor número de efectivos encontramos (cifras del Military Balance 2011): (Tabla 5)

País

Efectivos

China

2.500.000

Estados Unidos

1.450.000

India

1.325.000

Corea del Norte

1.082.000

Rusia

960.000

Corea del Sur

686.000

Turquía

666.000

Paquistán

617.000

Irán

523.000

Egipto

468.500

Vietnam

455.000

Reino Unido

435.000

Nyammar

406.000


Con todo este número de militares no es extraño pensar que podemos superar los cuarenta y cinco millones de personas en armas en el planeta, lo que equivale a 0´7 militares por cada 100 personas de bien.
Estas cifras aumentan espectacularmente si sumamos a las “fuerzas regulares” los más de 12.000.000 de efectivos reservistas y los 9.550.000 efectivos de fuerzas militarizadas en el mundo y alcanzarían su clímax si a ellas unimos el número (no cuantificado oficialmente por nadie, que sepamos) los efectivos de las diversas insurgencias y containsurgencias y los cientos de miles de mercenarios privados al servicio de empresas de guerra. 

Sin embargo, el ránking por peligrosidad es distinto y parece haber consenso en que los ejércitos más poderosos del mundo, teniendo en cuenta todos los elementos en comparación (efectivos, armamentos, armas nucleares, etc) serían, por por orden Estados Unidos, China, Rusia, India, Reino Unido, Francia, Alemania, Brasil, Japón y Turquía, y se da el caso de que cinco de estos diez ejércitos forman parte del mismo bloque militar (OTAN) que, dicho sea de paso, es la única alianza con capacidad de injerencia global y con intervención militar activa en varios de los principales conflictos planetarios.

Cabría hacer distinciones respecto del ranking “global” si nos detenemos a diferenciar las “armas” (ejército de tierra, de aire y armada) y así, por ejemplo, España pasaría a la sexta plaza como potencia mundial en lo que se refiere a la armada.    

El gasto militar mundial

 Según fuentes del SIPRI el gasto militar mundial en 2011 (es decir, lo que gasta anualmente en mantener los ejércitos cada estado) ha sumado más de 1 billón 750 mil millones de dólares, cifra que, a pesar de la crisis, supuso un aumento del 0,3% respecto al del año anterior.

Este gasto militar consignado por los Estados tiene algunas características peculiares que lo diferencian del resto de los gastos:

  1. Primero, que no hay cifras homogéneas sobre lo que cada país entiende por gasto militar (y por tanto sobre lo que publica como tal)
  2. Segundo, que prácticamente todos los países del mundo tienden a ocultar una gran proporción de su verdadero gasto militar y a maquillar las cifras
  3. Tercero que muchas de las inversiones militares (sobre todo las que tienen que ver con adquisición de programas de grandes armamentos) se realizan de forma plurianual y la tendencia de los países es a no contabilizarlas sino a largo plazo (lo que implica que no se cuentan los gastos reales sino los costes estimados pero sin tener en cuenta ni la inflación ni los diversos factores que incrementan el precio final)
  4. Cuarto, que este gasto no computa generalmente los “extras” que surgen inevitablemente y de manera sorprendente en lo que se refiere al gasto militar; extras que van desde la participación no prevista en operaciones de ayuda humanitaria hasta intervenciones de los ejércitos en catástrofes, ejercicios, etc.

Así y todo, si vamos sumando esta constante “preparación de la guerra” (y no otro nombre puede tener el mantenimiento de ejércitos permanentes y basados en armamento de proyección como el español, que ha gastado en operaciones en el exterior desde el año 1990 hasta la fecha más de 8.000 millones de euros) con el precio que las guerras llevadas a cabo, resultaría que el año 2011 se saldó con un gasto mundial total en la guerra y su preparación de más de  11 billones de euros, a los que habría que sumar la tremenda huella ecológica dejada por el militarismo en el planeta (de indudable valor económico) y el peso de la huella ética de la creciente militarización y refuerzo del paradigma dominación-violencia.

El complejo militar-industrial

 Esto tiene beneficiarios. Existe un complejo entramado de intereses políticos, industriales, económicos, financieros que controla el suculento negocio de la guerra y que tiene la capacidad de influir las políticas de los estados haciéndolas más violentas y militaristas en beneficio de unos pocos.

Que el lobby militar existe en EEUU nadie lo duda. Pero que su huella se expande hacia nosotros es, a su vez, algo cada vez más obvio:

  1.  Nuestro ministro de defensa, Morenés, ha sido en su anterior etapa secretario de estado de defensa en el período en que España inició la expansión de su industria militar y en que el Estado se empeñó en programas de adquisición de armamento sofisticado y no enfocado a la defensa de la soberanía sino a lo que en la jerga militar llaman la proyección (capacidad de invadir a grandes distancias), generando una deuda que ahora llega a superar los 36.000 millones de euros (dos veces lo que el Estado pretende pagar por prestaciones por desempleo a los españoles a partir de las rebajas del paro de julio de 2012)
  2. El mismo ministro, tras dejar la vida pública, ha participado en la gestión de algunas de las empresas fabricantes de armas y ha demandado al ministerio por daños y perjuicios en su negocio (curiosamente ha sido bajo su actual dirección de la defensa cuando el estado ha reconocido los derechos reclamados por la empresa del hoy ministro)
  3. el ministro se ha hecho acompañar en el ministerio por Pedro Argüelles, anteriormente director para España de otra de las industrias militares que operan con el ejército español (Boeing)
  4. Una parte considerable de los ministros de defensa y secretarios de estado, tanto del PP como del PSOE han pasado a formar parte de las industrias militares españolas.
  5. Los principales bancos, tanto los rescatados como los no rescatados, son los principales accionistas o han dado cuantiosísimos créditos ( o ambas cosas) a las industrias militares para acometer los programas que ahora nos endeudan tan caramente.
  6. A pesar del momento de recesión y recortes, el gasto militar sigue invariable y, lo que es más escandaloso, sigue privilegiando las partidas que hacen relación a las inversiones en armas en detrimento del personal y los derechos, y sigue ocultando dos de cada tres euros invertidos en defensa.
  7. El propio Rey “ayuda” al complejo militar industrial español a vender su armamento, desvelando un engranaje institucional pro-militar. En recientes fechas hemos conocido las negociaciones del monarca con la casa real saudí para que España pueda vender a esta dictadura peligrosa 250 carros de combate Leopard por valor de más de 3.000 millones de dólares.
  8. A tanto llega el descaro que no hace más de un mes, el estado ha aprobado una norma legal por la cual se convierte en avalista y vendedor directo de armamento español a otros países.
  9. El consorcio militar tiene además su clac mediática (periodistas y comunicadores afines al ideario militarista, pagados por los intereses militaristas y asociados en torno a unas asociaciones de periodistas de defensa) y cultural (convenios ejército-universidades, actos patrocinados por el Ministerio de Defensa en promoción de los valores militares, estrategias de promoción del militarismo bien diseñadas en la Directiva de Defensa Nacional).
  10. Un parlamento mudo en materia de defensa bajo un pacto “de estado” PP-PSOE y la irrelevancia y falta de criterio en esta materia en los partidos de la oposición.
  11. Curiosamente el propio Pedro Argüelles, hace pocos días, ha dado una fiesta (la primera de la jet en esta temporada) en su casa en un barrio exclusivo de Madrid a la que ha invitado a algunas de las principales fortunas del país y al propio Ministro de Defensa. Todo muy sospechoso y altamente demostrativo de la calaña del personal.

Ahora que nos piden esfuerzos singulares para salir de la crisis y que van a subir los impuestos tenemos que decir que somos muchos los que estaríamos dispuestos a todo tipo de sacrificio si los impuestos, pongamos por caso, se destinasen a desinventar la guerra, a reestructurar la viabilidad de regiones y sectores, digamos la minería y las cuencas mineras, condenadas al fracaso histórico por falta de alternativas limpias, si se ocupasen en sostener solidariamente a los más necesitados o a regenerar nuestro tejido ético y a eliminar los privilegios. Muchos estamos dispuestos a un modo de vida más austero y solidario si eso sirve para reducir la brecha entre países del Norte y países del Sur. Pero no lo estamos del mismo modo para sostener el gasto militar o el lobby de los vendedores de muerte o para consolidar un modelo desarrollista inviable y perjudicial.

El suculento negocio de la guerra

 Pero la guerra no sólo tiene perdedores directos (los que la sufren). La guerra es un suculento negocio par algunos:

 a) Primero, para los que la planifican y negocian con su previsible desenlace a miles de kilómetros del conflicto. Uno de los alicientes del mercado especulativo es precisamente jugar a predecir el futuro de ciertos países más o menos en mala racha y comprar o vender este futuro. La guerra, junto a las materias primas y otras variables, juegan para las apuestas multimillonarias en compra de terrenos para el postconflicto, en financiación y venta de armas.

b) Segundo, para los fabricantes e intermediarios de armas, que conciben su honrado negocio como una pura transacción comercial más, sin importarles si la escalada armamentista que provocan con su actuación dará lugar a un lucrativo conflicto posterior o simplemente a un rearme lucrativo y continuado. Al fin y al cabo, ellos no declaran las guerras y se limitan (previo soborno tantas veces) a surtir a sus clientes de lo que piden.

c) Tercero, para el entramado de intereses económicos, políticos, industriales y “morales” que llamamos complejo militar industrial, que tiene su propia dinámica y, como cualquier otra mafia, sus métodos de superación.

d) Cuarto, para la abominable élite dominante, que basa su poder en una militarización del planeta que beneficia su posición y que genera movimientos “geoestratégicos” al servicio de la dominación y la violencia que ejercen por tierra, mar y aire, con ejércitos y guerras, pero también con reglas de juego “pacíficas” y que constituyen un estado de guerra de baja intensidad global.

e) Quinto, a los ejércitos y fuerzas paramilitares del mundo entero, que han hecho profesión de este estado de cosas.

f) Sexto. a las élites locales y regionales de los sitios en conflicto.

g) Séptimo, al modus vivendi de los países del Norte y de las grandes potencias, que está basado en la permanencia de un estado global de guerra y de preparación de la misma.

h) Octavo, al refuerzo constante del ideario militarista y del propio paradigma dominación-violencia que nos atenaza y que ha conseguido espiritualizarse como gran verdad operativa en nuestros modos de vida a escala planetaria, hasta el punto en que los perdedores de todo este entramado de intereses también creen él.

Con tantos “ganadores” interesados en la guerra y su lógica, es claro por qué desaprender la guerra resulta tan difícil y tan peligroso. Muchos son/somos los que sacamos tajada de este singular negocio.

Pero la guerra, además, tiene, y sobre todo, grandes perdedores, más allá de los que la sufren en sus carnes: la inmensa mayoría de un planeta que se permite un régimen global de injusticia y opresión,  las generaciones futuras que verán condicionado su futuro por el refuerzo constante del militarismo más cruel, el resto del planeta.

Razones de más para militar contra la guerra y sus argumentos. Con los más de 15 billones de dólares anuales que nos cuesta la guerra, podríamos aspirar a otro mundo posible.

Guerra y salud.

La guerra provoca efectos nefastos en la salud de millones de personas al año.  No sólo son los muertos o los heridos directamente por las acciones bélicas sino que muchas personas quedan afectadas por secuelas físicas y psicológicas muy importantes durante muchos años de sus vidas.  También los veteranos de la guerra sufren, en muchos casos, graves enfermedades por sus lesiones físicas y/o por problemas psíquicos o emocionales debido a su participación en los conflictos.  La guerra es, por lo tanto, un atentado contra la salud de las poblaciones, incluyendo las causadas por los efectos “colaterales” de las acciones bélicas que contaminan sus aguas, sus cosechas, sus suelos y su aire.  Además, la guerra dificulta o imposibilita en muchos casos el acceso de las personas a los servicios de salud.  

La guerra baja los índices de supervivencia de las poblaciones que la sufren, pero también logra aumentar la desnutrición, la supervivencia de madres y bebés en el parto, el crecimiento normal de los niños, y lanza las cifras de enfermedades mentales.

Por otra parte, las exigencias de la guerra hacen que las autoridades prefieran invertir en armamento antes que en fortalecer su sistema sanitario tanto en hospitales, medios materiales, como en personal.  Todo ello deriva en una bajada espectacular de la calidad de los sistemas médicos y de la atención a una población que lo necesita especialmente debido a la guerra, a los heridos que provoca y a la destrucción de infraestructuras.

De la violencia de la guerra no se libran los médicos y enfermeros, sino que, muy por el contrario, suelen ser uno de los objetivos militares claros para desmoralizar y hacer dado a las infraestructuras enemigas.

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