LA INSOPORTABLE VIGENCIA DE LA VIOLENCIA Y LAS IDEAS DE LA PAZ

Avenida + Revoluci% C3% B3n% 2C + Tijuanafuente: Publicado en el periódico semanal es.hora el 13 de julio 2012 

Por mucho que se hable de la paz y se ensalce como ideal, lo cierto es que en nuestra cultura la paz no se entiende desde sí misma y desde sus contenidos propios, sino desde la violencia y la mentalidad violenta.

Resulta asombroso y turbador comprobar como, sin ir más lejos, la explicación de la paz en cualquier libro de texto viene dada no como una historia de sus hitos principales a lo largo del tiempo, o como la explicación de sus logros en elevar la conciencia humana sobre la miseria y la crueldad imperante, sino como una sucesión de períodos de calma chicha entre guerra y guerra, dando a entender que la paz, al menos la paz a la que realistamente podemos aspirar, no es otra cosa que la ausencia de guerra y que su preparación, en consecuencia, sólo es la acumulación de fuerza y violencia organizada para cuando llegue el momento de la nueva conflagración. Para más desolación, ni siquiera los “estudios” de la paz y los institutos dedicados a ellos suelen trazar una historia de la paz (como si la paz no tuviera historia) y se dedican a otro tipo de cosas.

¿Por qué esto ocurre así? Desde nuestro punto de vista porque estamos atrapados en un círculo vicioso, en un paradigma de dominación y violencia que nos aporta, desde el nacimiento, no sólo la comprensión de la realidad a partir de estos dos ejes (dominación y violencia), sino también los modos operativos y prácticos para diseñar nuestros objetivos (mediante la dominación y la violencia como medio y fin), las metodologías desde las que actuamos en la práctica, los sentimientos y, en fin, nuestro modo de relacionarnos y nuestras aspiraciones de cara al mundo y a nosotros mismos.

Por eso el tema de la violencia es tan central en nuestras vidas y, paradójicamente, a pesar de ser el peor de los males que pesa sobre nuestra existencia, aparece a su vez como algo reverenciado y “natural” incluso por quienes aspiramos a cambiar el mundo (la violencia es definida desde ciertas izquierdas como madre de la historia) y, según han afirmado tantos, como algo inevitable pero útil en el quehacer político habitual y, con igual lógica, en las metodologías de quienes  queremos cambiar las cosas.   

No queremos en este momento abundar en esta idea ni explicar por qué, en nuestro criterio, desde la violencia es imposible ningún tipo de cambio radical y alternativo, pues el debate es enfrascado y normalmente plagado de lugares comunes y de estereotipos. Bástenos al respecto recordar el cúmulo de ejemplos históricos y cotidianos en los que, por medio de la violencia, se supone que se han logrado cambios “revolucionarios” que parecía que iban a desarrollar sociedades netamente distintas, pero que como en su origen llevaban como germen la violencia, acabaron recurriendo a ella como forma de relación con las demás naciones, como forma de relación con los diferentes en su seno y como forma de imposición de las élites oligárquicas -otra forma de violencia- que mediante la violencia se aseguraban su permanencia.

A pesar de que vivimos social, política, cultural y económicamente rodeados de violencia, no solemos entenderla porque carecemos de algunas claves analíticas sencillas que nos harían apreciar algunas de sus peculiaridades inherentes y nos permitiría tener opiniones más elaboradas y acertadas al respecto y, sobre todo, mejores herramientas y objetivos para abordarla.  

Queremos aprovechar para señalar que a estas alturas hablar de violencia como se hace desde el poder y desde tantos otros lugares como si fuera una única cosa, resulta bastante tramposo y, desde luego, oculta la complejidad de las violencias que en realidad se dan y la manera de enfocarlas, abordarlas y luchar contra ellas.

Ya es tradicional la diferenciación que desde el pacifismo, y principalmente de la mano del sociólogo noruego Johan Galtung, se ha hecho de la violencia en sus distintas dimensiones, para hablar de al menos tres grandes tipos de violencias:

  1. violencia directa,

  2. violencia estructural y

  3. violencia cultural.

Que podamos observar que éstas son distintas y que tienen diferentes dinámicas nos servirá, por ejemplo, para enfocar de forma precisa nuestros análisis y  luchas sociales, para elegir objetivos a corto, medio y largo plazo para combatirlas o que podamos definir mejor el papel que queremos jugar ante las distintas manifestaciones de las violencias o ante la globalidad y sinergia de éstas.  

VIOLENCIA DIRECTA: EL CONCEPTO.

El concepto más “sencillo” de violencia es el de violencia física o directa. Es una violencia visible y grosera a la que por desgracia estamos acostumbrados. También es la violencia que más nos escandaliza y mejor mueve nuestros sentimientos más primarios.

Podemos entender por violencia directa:

  1. Toda aquella acción agresiva o destructiva contra la naturaleza (daños contra la biodiversidad, contaminación de espacios naturales, etc.),

  2. Toda acción de violencia directa desplegada contra las personas y otros animales (violaciones, asesinatos, robos, palizas, torturas, …)

  3. Los otros grados de violencia no entendida como agresión física (violencia psicológica, coacción, de género, violencia en la familia, violencia verbal y/o psicológica, …) ejercida contra las personas,

  4. o contra la colectividad (daños materiales contra edificios, infraestructuras, guerras, etc.).

El uso (mejor sería decir, el abuso de la fuerza) de este tipo de violencia tiene objetivos muy variados: lucro personal, intereses políticos, compensación de problemas psíquicos, etc.

La violencia directa tiene como principal característica diferenciadora respecto de las otras que es una violencia visible en lo que se refiere a muchos de sus efectos. Sin embargo, también es cierto que algunos de ellos aparecen más o menos invisibles (odios, traumas psicológicos, sufrimientos, relaciones internacionales injustas, adicción a una cultura violenta, concepciones culturales como la de ‘enemigo’, etc.) o no se suelen considerar de tanta importancia como los efectos materiales.

 Violencia directa y preocupación por la paz.

Este es el tipo de violencia que solemos entender habitualmente por violencia propiamente dicha y esta simplificación sirve tanto a los naturales impulsos de seguridad de las personas (que queremos no vernos ante el riesgo de sufrir este tipo de agresiones), como a los de los poderosos, que se basan en una idea tan simple para justificar sus instrumentos de “seguridad” y “defensa” (paradójicamente violentos y hasta represivos) y para eludir otras violencias a las que nos vamos a referir más adelante y que generan las relaciones de poder acutales.

A este concepto de violencia directa le suele acompañar una concepción del conflicto humano, social o natural como algo totalmente negativo que hay que evitar de cualquier modo y que cuando surge acaba rompiendo la situación de paz.

De aquí deriva una visión de la pazy de las prácticas que se ponen en juego para garantizarla: paz que denominaremos directa, que aparece caracterizada por ausencia de conflicto y de violencia, es decir, como ausencia de guerra, de violencia callejera, violencia familiar, etc. Si estos no existen, existe la paz.

Desde esta visión de paz ausente que venimos comentando se ha optado, sobre todo en occidente, por una respuesta principal de entre todas las posibles, la actuación represiva y punitiva por medio de la legalidad. Se ha buscado regular legalmente las continuas situaciones de violencia que surgen en el desarrollo cotidiano de la vida, de las relaciones sociales e, incluso, de las relaciones internacionales. Así, se ha legislado sobre las situaciones que son violentas y cuáles son sus agravantes y eximentes, se han previsto penas en mayor o menor cuantía para aquellas conductas que violenten más o menos los derechos reconocidos por las leyes y se han valorado de maneras diferentes los diversos tipos de violencia. Además, se ha previsto todo un sistema de control (ejército, policía, cárceles) para hacer cumplir la legalidad estrictamente. Con ello ya se asume como inevitable la existencia cotidiana de conflictos y que su abordaje mejor es reprimirlo, acallarlo, no dejarlo desplegarse, pero no se avanza mucho en la forma de encararlos, ya que la represión, sea legal o no, sigue transmitiendo sólo una visión negativa del conflicto.

OTRAS VIOLENCIAS.

Sin embargo, la violencia no es sólo este tipo de violencia directa. Hay unas violencias diferentes y mucho más sutiles que habitualmente no son catalogadas como violencias, pero sin duda son mucho más generalizadas y de peores consecuencias para las aspiraciones de paz de las personas.

Conceptos más avanzados y completos de la violencia, como son la violencia estructural y la violencia cultural a los que nos vamos a referir se plasman en las ideas dinámicas de Galtung de paz estructural y paz cultural, que pretenden tener en cuenta las causas profundas y no visibles de los conflictos y la violencia. Estas nuevas ideas son importantes porque no sólo complementan las visiones anteriores, sino que ofrecen alternativas de análisis político, de comprensión de la realidad social e internacional e, incluso, proponen opciones diametralmente distintas para la actuación política porque entran en confrontación con las visiones negativas de conflicto y paz. Es decir, no sólo se analizan las situaciones de forma más completa y detallada sino que estos análisis tienen hondas repercusiones para la práctica política.

VIOLENCIA ESTRUCTURAL

Suele ocurrir que, de pronto, nos sorprendemos con el estallido de una guerra en un país que hasta entonces habíamos creído pacífico, o con un episodio violento en una familia que hasta entonces considerábamos ‘normal’. ¿Qué es lo que ha ocurrido para que los acontecimientos desemboquen en una situación tan aberrante y tan inesperada? Cuáles son las causas internas del conflicto, qué nos puede hacer comprender estas situaciones. Cuando se quiebra la paz, todos nos preguntamos por qué y la falta de análisis y de comprensión hace palpitar en nuestro subconsciente colectivo la duda y la sospecha de si algo así nos podría ocurrir a nosotros, también de repente. Otra inquietud nos acecha leyendo la prensa o viendo los telediarios, ¿cómo ha sido posible que 110 millones de personas hayan muerto en las diversas guerras del siglo XX?

Para contestar a estas cuestiones, a inicios de la década de los años ’70 del siglo XX, algunos autores del mundo pacifista desarrollaron el concepto de violencia estructural, concepto que avanza a una visión de las violencias más dinámica y más invisible: se define la violencia estructural como “aquello que provoca que las realizaciones efectivas, somáticas y mentales, de los seres humanos estén por debajo de sus realizaciones potenciales”.

Siguiendo y concretando esta línea de razonamiento, Galtung definiría cuatro tipos de violencia:

  1. La clásica o directa que se ejecuta contra el cuerpo y la mente humana,

  2. La pobreza que provoca la privación de las necesidades humanas básicas.  Por ejemplo, ¿cómo es posible que hoy en día mueran 9 millones de niños y niñas menores de cinco años por falta de antibióticos o vacunas?

  3. La represión que provoca la privación de los derechos humanos y

  4. La alienación, que provoca la privación de los derechos humanos y políticos

Los tres últimos tipos de violencia serían los que conforman la violencia estructural.  Sería un tipo de violencia indirecta, es decir, las acciones que provocan el hambre en el mundo, por ejemplo, no están diseñadas y realizadas directamente con ese fin, sino que son derivaciones indirectas de la política económica capitalista y de injusto reparto de la riqueza. Esto provocaría que las causas de la violencia estructural no sean visibles con evidencia, en algunos casos o en un análisis poco profundo, con lo cual se entiende el porqué de su denominación posterior.

Siguiendo a los autores anteriores, Viçent Fisas, otro autor de procedencia pacifista ha diferenciado:

·Violencia estructural vertical: “es la represión política, la explotación económica o la alienación cultural, que violan las necesidades de libertad, bienestar e identidad, respectivamente”.

·Violencia estructural horizontal: “separa a la gente que quiere vivir junta, o junta a la gente que quiere vivir separada. Viola la necesidad de identidad.

Algunos ejemplos de violencia estructural serían la obligatoriedad del servicio militar, el sistema de toma de decisiones de la O.N.U. con 5 países permanentes (EE.UU., Rusia, Gran Bretaña, Francia y China) en el Consejo de Seguridad y los demás miembros rotatorios, las dictaduras militares, el sistema económico y jurídico internacional que empobrece continuamente a los países del Sur, en beneficio de los del Norte, la actual dictadura de los mercados financieros, la desastrosa economía basada en el despojo de la naturaleza y el uso de materias escasas y peligrosas,  el actual estatus quo geopolítico, o la propia lógica del sistema capitalista.

Es lógico que los poderes eludan reconocer este tipo de violencia estructural y también lo es que los que aspiramos a otro mundo queramos luchar contra esta violencia tan decisiva y maldita para el planeta.  Sin embargo, asegurar que  la causa de la paz tiene que ver con el combate contra la violencia estructural implica que nuestro enfoque pacifista no se limita a parar la violencia directa, sino que reconoce una violencia generada por estructuras injustas, en cuyo mantenimiento estamos implicados de forma radical, y que, para conseguir la paz, hay que transformar estas estructuras y cambiar la injusticia estructural por una mayor justicia social. Entonces la paz tiene que ver más con la lucha contra estructuras injustas y menos con las manifestaciones extremas y visibles de éstas.

VIOLENCIA CULTURAL

En la década de los ‘90 del siglo XX surge una nueva aproximación a la violencia al acuñar, también desde el pacifismo, el concepto de violencia cultural, desarrollado también por Galtung y otros autores, que lo definen como una violencia que “se expresa también desde infinidad de medios (simbolismos, religión, ideología, lenguaje, arte, ciencia, leyes, medios de comunicación, educación, etc.), y que cumple la función de legitimar la violencia directa y estructural, así como de inhibir o reprimir la respuesta de quienes la sufren, y ofrece justificaciones para que los seres humanos, a diferencia del resto de especies, se destruyan mutuamente y sean recompensados incluso por hacerlo”

Hay que señalar que los estudiosos ya reconocían con antelación de forma velada el concepto de violencia cultural como uno de los aspectos inherentes del de violencia estructural, denominándolo “alienación cultural” u otros términos similares, pero sin darle la relevancia, operatividad y autonomía que posteriormente se ha comprobado que tiene.

Con el paso del tiempo se han reconocido las grandísimas implicaciones que tiene la violencia cultural, incluso para resituarlo al lado, en igualdad de condiciones, con los otros tipos de violencia citados.

La idea de violencia estructural aportó una nueva visión, más dinámica, más procesual, más amplia, de la violencia y de por qué nos atrapa y normaliza la respuesta violenta en nosotr@s. Pero aún quedaban incertidumbres por resolver: ¿por qué optaban las personas por el uso de la violencia aún cuando sus posibilidades de lograr una victoria (léase transformación social que les beneficiase) eran muy escasas, teniendo en cuenta que el poder siempre puede hacer uso de una violencia mayor, más planificada e incluso legalizada? ¿Por qué no se usan, habitualmente, fórmulas diferentes a la violencia? Las respuestas vienen del entorno cultural en el que nos educamos y desarrollamos.

Estamos profundamente educados para no ver alternativas a la violencia porque en las escuelas y los demás medios de transmisión y reproducción de cultura nos han enseñado la historia como una sucesión de guerras; porque estamos acostumbrados a que los conflictos se reprimen por la incuestionable autoridad paterna, o por la autoridad del macho sobre la hembra, o por las leyes nacionales o internacionales; porque los medios de comunicación de masas nos venden como la única vía de solución de los conflictos internacionales el uso de los ejércitos (sea bajo bandera O.N.U., O.T.A.N., o Alianza de Naciones); etc.

Nuestro sustrato cultural es una concausa última y profunda de nuestra visión negativa de los conflictos, de nuestra visión pacata y constreñida de la paz, de nuestra apuesta en la práctica por ejercer o justificar la misma violencia que deploramos con la boca pequeña.

La violencia cultural se utiliza para lograr la aprobación de posturas fanáticas en lo religioso, en lo económico, en las relaciones de género, en las relaciones con la naturaleza; se basa en un amplísimo entramado de valores que asumimos continuamente desde pequeños y que luego se refuerzan con las normas legales de la sociedad para inculcarnos una cultura opresiva porque es acrítica y delegadora y porque nos prepara para la colaboración pasiva y/o activa con estructuras injustas e insolidarias.

De este modo, la lucha cultural es también un plano que concierne a los que apostamos por una paz con verdaderos contenidos y en general a quienes aspiramos a una sociedad alternativa.

VIOLENCIA SINÉRGICA

Nosotros, además, queremos dar un paso más y destacar que, junto a estas tres tipologías de violencia diferentes pero interrelacionadas, las cuales tienen procesos y lógicas distintas pero que pueden sumarse entre sí, existe una cuarta dimensión de las violencias, precisamente la que las coordina, potencia y hace que la violencia sea “espiral” (se habla de espirales de violencia).

Se trataría de lo que llamamos violencia sinérgica y que implica que estas tres dimensiones de la violencia ya referidas, se juntan entre sí de tal manera que multiplican exponencialmente sus efectos construyendo toda una madeja de sinergias que hace imposible salir de este círculo vicioso y que constituye una violencia de cualidad efectivamente diferente y más global.

La máxima expresión visible de esta “violencia sinérgica” es la guerra, pero en su lado “invisible” las sinergias son las que cronifican situaciones como el hambre en un mundo que puede alimentar a todos por igual, o la condena absoluta a la miseria en que se encuentran grandes regiones del planeta o, las que se convierten en una especie de segunda piel que nos acompaña durante nuestras vidas, o, en fin, todo ese corsé común a todas las culturas que nos convierte en prisioneros del paradigma de dominación-violencia reinante.

COMBATIR LAS VIOLENCIAS: LA LUCHA SOCIAL NOVIOLENTA

Si destacamos esta capacidad sinérgica de las violencias y enfatizamos su relevancia no es por capricho, sino porque, desde el enfoque de lucha por la paz, exige respuestas de paz “sinérgicas” y no parcializadas. Para combatir cada dimensión de la violencia deberíamos aplicar estrategias diferentes:

tipología de violencia

estrategia pacifista

violencia directa

Lucha directa (parar la violencia) – Reconstrucción

violencia estructural

Lucha por la justicia (transformar las estructuras)-Resolución

violencia cultural

Lucha por un paradigma cooperación-noviolencia- Reconciliacion

Esto daría un esquema similar al siguiente

Ahora bien, según nuestra visión, además, se debería completar el cuadro de estrategias del siguiente modo:

Tipo de violencia

Estrategia de lucha

violencia directa

Lucha directa (parar la violencia) – Reconstrucción

violencia estructural

Lucha por la justicia (transformar las estructuras)-Resolución

violencia cultural

Lucha por un paradigma cooperación-noviolencia- Reconciliacion

violencia sinérgica

interrelación /coordinación / Revolución

Y ello, para los movimientos sociales implica

Es decir, el tema de las violencias es crucial porque según cuál sea nuestra idea de violencia analizaremos la realidad de una u otra manera y tendremos la posibilidad de realizar unas u otras luchas sociales y nos sentiremos comprometidos de maneras muy diferentes.


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