El reto de desmilitarizar la idea de seguridad

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Publicado en el periódico semanal es hora el 8 de junio de 2012.

No hace muchos días, en la cumbre de la OTAN, el desconcertado Rajoy señaló que los recortes obligados por la crisis (a la que nos ha llevado la mala gestión política y económica y lo insostenible de nuestro sistema depredador e inhumano) no deben afectar en absoluto a la seguridad de la sociedad. Sabemos que donde él dice seguridad no se refiere precisamente a lo que nosotros podríamos entender por seguridad (protección frente al paro o la enfermedad, trabajo digno, libertad para el desarrollo personal, respeto a la naturaleza, paz y justicia, etc.), sino a inversiones en armamentos, acumulación de fuerza militar y seguidismo de la doctrina de defensa del bloque de la OTAN.

Pero su apelación a la seguridad nos permite al menos confrontar la idea de seguridad “del sistema” y de los políticos que aparentemente lo gobiernan, y la aspiración de seguridad de los que padecemos las consecuencias de sus políticas.

Donde Rajoy y sus adláteres entablan acuerdos para dar seguridad a los banqueros, a los capitales y a los especuladores, o para garantizar la “estabilidad” del sistema económico, o para fomentar un incremento de los aparatos militares mediante inversiones multimillonarias en gastos militares, o para hacer uso de la fuerza o amenazar a otros pueblos con sus alianzas militares; donde ellos hacen esto, decimos, nosotros no hablaríamos de seguridad, sino de inseguridad, de la más absoluta inseguridad.

De hecho el sistema, con su lógica de violencia y de dominación, produce inseguridad a todos los niveles y cada vez ofrece menos justificaciones para su mantenimiento: nunca como ahora ha existido tanta inseguridad en la sociedad, tanto española como mundial, ni tanta incertidumbre sobre el futuro. Nunca como ahora el paro ha sido tan escandalosamente amenazante a la seguridad de las personas y de sus “microeconomías”. Nunca antes se ha vivido de forma tan dramática la situación de los menores en el mundo y el riesgo de vulnerabilidad, empobrecimiento o esclavitud sin futuro para millones de ellos. Nunca antes, a escala global, ha crecido tanto la sobreexplotación de recursos limitados ni la consecuencia lógica de amenaza de colapso ecológico. Nunca como en el siglo último ha sido tan aberrante el crecimiento de los gastos militares y de la cifra de muertos o afectados por las guerras. Nunca antes la sensación de inseguridad mundial ha sido tan apabullante, a pesar de las desenfrenadas inversiones en armas y ejércitos.

La idea de vincular seguridad a mantenimiento del status quo, y sobre todo si se acompaña del tradicional arrope militarista y violento al uso, es una idea obsoleta pero, sobre todo, perniciosa. No hace sino generar prioridades políticas equivocadas y contrarias a los intereses de las mayorías, cuyas consecuencias son agrandar el desastre, mantener situaciones de privilegio e imposición que no se sostienen desde el punto de vista ético y que nos llevan al colapso civilizatorio y, paradójicamente, que niegan la verdadera seguridad de las personas y del propio planeta y provoca sufrimientos inadmisibles para la inmensa mayoría de los seres humanos y de las otras especies.  

A esta idea deberíamos oponer otra bien bien distinta, la idea de la seguridad centrada en los intereses de dignidad humana y de las personas, en el avance en sus derechos, en la cobertura de sus necesidades y en la justicia social. Precisamente una apelación de seguridad que hoy justifica la rebelión noviolenta e inteligente frente al modelo de inseguridad vigente.


1.- La adopción de un concepto pacifista: la seguridad humana.

Los primeros en hablar de seguridad en estos términos y para confrontarla a la inseguridad armada que provocó el clima de enfrentamiento total que fue la guerra fría entre occidente y el mundo socialista de después de la II guerra mundial, fueron los activistas pacifistas y los “teóricos” que abogaron por una defensa alternativa a la militar ante el horror de la guerra, la escalada de armamentos tan desproporcionada y lo insostenible de una geopolítica que beneficiaba a las élites y perjudicaba a los pueblos de una y otra parte del telón de acero y del “tercer mundo”.

Nombres de pacifistas como el alemán Theodor Ebert, el estadounidense Gene Sharp, el noruego Johan Galtung o el inglés Adam Roberts, entre otros, tienen mucho que ver con la visión más holística de la seguridad, la aspiración a una defensa alternativa a la militar y centrada en las necesidades humanas, en las aspiraciones de autorealización y con el nacimiento de la idea de seguridad humana en reemplazo de la de seguridad militar.

La idea de seguridad humana, desvinculando seguridad de militarismo, fue abriéndose camino en los escenarios donde la gente hacía solidaridad internacional, ya sea aportando sus esfuerzos contra las enfermedades o en pro del desarrollo de pueblos empobrecidos. Ello permitió, como tantas veces ocurre en la historia, que una práctica tentativa y alternativa a la usual y obsoleta fuera generando referencias distintas que precedieron y dieron valor empírico al hecho de que ya y ahora había una lucha por la seguridad diferente y opuesta (es decir, capaz de desenmascararla) que contrastaba con la nefasta seguridad militar. La seguridad humana no era, entonces, un bello sueño para el futuro, sino una práctica vigente y operativa que confrontaba ya al ideal militar de seguridad y que producía sus, aunque modestos, importantes frutos.

Tras esto será decisivo el espaldarazo por parte de Naciones Unidas. En el año 1994, el Programa para el Desarrollo de las Naciones Unidas (P.N.U.D.) (véase en http://hdr.undp.org/es/informes/mundial/idh1994/) se suma a este enfoque, lo que dota de una cierta oficialidad y “legitimación desde arriba”,  y nos habla de que hay que superar el viejo concepto de defensa basado en la violencia y el militarismo, que “se ha interpretado en forma estrecha durante demasiado tiempo: en cuanto a seguridad del territorio contra la agresión externa, o como protección de los intereses nacionales en la política exterior o como seguridad mundial frente a la amenaza de un holocausto nuclear. La seguridad se ha relacionado más con el Estado-nación que con la gente” para comprender la defensa en términos de seguridad humana y medioambiental, y expone que “…para muchos, la seguridad simboliza la protección contra la amenaza de la enfermedad, el hambre, el desempleo, el delito, la represión política y los riesgos del medio ambiente…” y añade que la seguridad humana está llamada a ser una revolución radical en el siglo XXI, y que sus características principales son el tratarse de una preocupación universal, que los componentes de la misma son interdependientes, que la seguridad humana implica prevención y lucha estructural más que enfrentamiento contra las violencias directas, y “está centrada en el ser humano. Se preocupa por la forma en que la gente vive en una sociedad, la libertad con la que puede ejercer diversas opciones, el grado de acceso al mercado y a las oportunidades sociales, y la vida en conflicto o en paz”.

Naturalmente el concepto acuñado por la ONU es altamente ambiguo y manipulable y puede ocurrir que los poderosos se apropien del mismo para seguir cometiendo sus tropelías. No en vano, el concepto fue invocado torticeramente para invadir la antigua Yugoslavia por parte de la OTAN o, por poner otro ejemplo, se usa de forma no menos cínica en los principales documentos de doctrina militar.  Lo mismo ocurre con las grandes ideas de paz, de justicia o de democracia. Ahora bien, que sea susceptible de un uso perverso, ¿le priva de horizonte y de valor para luchas alternativas? Nosotros entendemos que no.

Intentemos ahora explicar por qué debemos entablar la lucha por apoderarnos de su contenido y usarlo en nuestra agenda de reivindicaciones y aspiraciones de un mundo alternativo.

2) Nuevo imaginario: crear una cultura de paz


Aún cuando el pacifismo en el Estado español ha aportado a las luchas sociales vigentes un conjunto de prácticas, valores, metodologías de lucha (como la insumisión y la desobediencia civil, la educación para la paz y para la diferencia, la lucha por la transformación noviolenta de los conflictos, etc), y coherencia de medios y fines; su mayor contribución a la actual lucha social de pretensión transformadora, puede ser la de participar en la construcción de una nueva cultura de paz que desenmascare y quite poder a la “paz armada” predicada por el sistema y que genere herramientas eficaces de desmilitarización y empoderamiento social. Su principal lucha, por ello, ha de ser la desmilitarización social y la construcción gradual de una defensa alternativa, la sustitución de la defensa militar y de su paradigma de seguridad por una defensa social y un nuevo paradigma de seguridad. Ya no se trata, sólo, de articular estrategias contra aspectos puntuales del militarismo, sino de idear e implementar una alternativa global desde un paradigma alternativo y totalmente opuesto al actual basado en la dominación y la violencia.

Esta nueva cultura de paz debe ser a su vez alternativa, opuesta a la paz oficial y a sus instrumentos de legitimación, y global, abarcadora de todas las sociedades, ampliada a todos los ámbitos y escenarios, ya sean económicos, ecológicos, sociales, militares, etc. Debe abordar la lucha contra la violencia no sólo en el plano visible y directo, sino también en lo que se refiere a la violencia estructural y la injusticia global, así como en el plano de la violencia cultural y la imposición de patrones culturales en que se sustenta y legitima y en el plano de la violencia espiral, suma de de violencias, que convierte éstas en sinérgicas, multiplicadas globalmente. Esta nueva cultura de paz debe ser operativa, en el sentido de que pueda provocar cambios profundos:

  • En las reivindicaciones sociales de coherencia, desmilitarización y defensa social de lo que la sociedad quiere defender (justicia, seguridad humana, trabajo, educación, vivienda, relaciones internacionales solidarias, etc).

  • En las capacidades de lucha y movilización, mediante el uso de estrategias noviolentas desobedientes y de construcción alternativa de poder social.

  • En la conquista de logros que institucionalicen esta idea alternativa de paz (reconversión de gastos militares a fines sociales, reducciones de ejércitos, cambios culturales, etc).

  • En el cambio de metodologías de relación, para la resolución de conflictos y de trabajo y compromiso social.

Una aportación básica y específica que podemos hacer a la construcción global de alternativas es promover el debate social sobre qué seguridad aspiramos a tener y qué es, en definitiva, lo que queremos defender, proponiendo procesos a medio y largo plazo de transarme que nos permitan apostar por un cambio radical del modelo de defensa y de la idea de paz, bajo el horizonte de la desmilitarización y la doble estrategia de quitar poder gradualmente al militarismo y a sus instrumentos y dotar de poder alternativo a la sociedad, de lo que hemos desarrollado algunos elementos en el texto “Política noviolenta y lucha social.” que en próximas fechas editará Libros en Acción.

3) La idea de seguridad humana en el nuevo paradigma de lucha


  • Quienes aspiraban en los años 70 y 80 a una defensa social y no militar, se centraron en pensar una defensa civil con metodologías noviolentas, pero con el objetivo de defender las instituciones democráticas ante los golpes de estado o ante las invasiones extranjeras. Durante mucho tiempo se consideró que el nuevo enfoque metodológico (cambio de la violencia por la noviolencia) era la clave para lograr la  transformación global de las políticas de defensa militaristas. En cambio, estas propuestas acabaron en vía muerta porque no es sólo necesario un cambio metodológico sino que, además y coherentemente, se deben cambiar los objetivos de la defensa, de modo que no se trata sólo de un cambio de respuestas (como defender mejor la soberanía y el estado), sino de un verdadero cambio de preguntas (qué es lo que hay que defender y cómo).

  • La opción por una defensa social renuncia al planteamiento clásico de la defensa militar porque se enfoca a un interés prioritario por defendernos de agresiones a los valores humanos de la sociedad (derechos humanos, libertades políticas, desarrollo económico solidario con los demás y la naturaleza, etc).  Dado que se considera que no es la agresión militar el único – ni el más importante, ni tampoco el más actual- tipo de ataque que se puede sufrir en las sociedades, al entender como más complejo el marco de amenazas al desarrollo humano en nuestros días (por ejemplo, las invasiones económicas de las multinacionales, las operaciones especulativas y financieras, o las colonizaciones culturales propiciadas por los medios de comunicación, etc).

La clave de la seguridad no se centra en invasiones que no van a ocurrir, y no es tanto si se quiere tener un armamento más o menos ofensivo o defensivo, si se quiere tener un despliegue de tropas más o menos proyectivo o con capacidad de invadir, si se quiere gastar más o menos en producir un tipo u otro de armas; la clave es que cada persona pueda libremente decidir qué quiere defender y cómo es coherente lograr esos objetivos.

Quizá si este debate no estuviese de común bloqueado, la gente decidiría que lo más necesario que hay que defender son sus posibilidades para llevar una vida digna (tener un trabajo, acceso a la salud y a la educación pública, tener un hogar digno, …) y tener las máximas posibilidades de desarrollar sus derechos económicos, políticos y sociales en igualdad con las demás personas, y que para defender esto, en realidad la inversión en mantener un ejército es ineficaz, inútil o claramente pernicioso.

Es ahí donde apostamos por reivindicar la seguridad humana y no la militar. Es ahí donde hay que decir a Rajoy, por ejemplo, que nuestra seguridad no se consigue vendiendo 200 tanques Leopard a Arabia Saudí, aunque reviertan 3.000 millones de euros, ni en gastar 18.000 millones de euros anualmente en ejércitos, sino en garantizar el empleo, la salud, la educación, el medio ambiente sostenible, la justicia social, y un largo etcétera. Precisamente todo aquello que se ha sacrificado en las políticas vigentes.

4) Democratizar la toma de decisiones.


Es hora de que el pacifismo antimilitarista y noviolento se plantee el objetivo de difundir entre los otros movimientos sociales de aspiración transformadora, reivindicar y conquistar la democratización de la toma de decisiones en materia de seguridad y de promover el empoderamiento social en dicho campo.

Como señalábamos al principio, el secretismo, el elitismo, la falta de debate y de información, la manipulación de los conceptos por parte de los poderes, la imposición de unos impuestos encaminados a defender los intereses de unos pocos y que destinan un pellizco importante al militarismo, la elección de prioridades políticas ajenas a los intereses sociales y el encorsetamiento de un parlamento “representativo” que en realidad no responde ni rinde cuentas ante la sociedad, hacen que la Defensa, como tantas otras materias, sea un coto vedado a la sociedad, a las ideas alternativas, a las críticas, a la discusión, a las propuestas, en fin, a todo.

Como la sociedad no espabile esta situación se perpetuará sine die. Pero, hoy por hoy, la sociedad no es consciente de que necesita y debe apropiarse del tema de la defensa y ha de tomar las decisiones cruciales: qué, cómo y quién nos debe defender.

La conciencia de todo esto no llegará desde las instituciones, ni desde lo militar; ellos nunca ofrecerán su campo a la sociedad (aunque sí aceptaban a la juventud para hacer las labores más penosas en el servicio militar y siguen aceptando nuestros impuestos para subvencionar sus aparatos mortales) porque, en cierta medida, nos consideran sus enemigos, por civiles.

Por lo tanto, el movimiento pacifista noviolento ha de hacer campañas de denuncia del secuestro militar de la toma de decisiones en materia de defensa. Deben ser campañas pedagógicas para que la sociedad pueda debatir en libertad las principales líneas sobre defensa y pueda elegir, por ejemplo, entre los conceptos de seguridad humana y seguridad militar, entre la metodología violenta y la noviolenta, entre la dominación y la cooperación, entre las élites armadas y la sociedad democrática, entre destinar recursos a consolidar derechos y defender el medio natural o usarlos en comprar armas o contribuir a la invasión de otros pueblos, etc.

En conclusión, los retos del pacifismo antimilitarista y noviolentos son muchos pero a la par resulta asombroso y turbador pensar que las perspectivas de trabajo están muy abiertas y nos reclaman nuestra máxima creatividad y compromiso.


Colectivo Utopía Contagiosa
(utopiacontagiosa.wordpress.com)

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