Siria y la amañada teoría de la guerra justa

MASSACREFuente. Público

Según desvelan desde Wikileaks, millones de correos electrónicos de la compañía privada de espionaje Stratford ponen de manifiesto que la OTAN y EEUU han introducido comandos militares en Siria haciendo labores de información (información para el ataque) y de adiestramiento a un supuesto ejercito bueno de sirios para luchar contra el tirano El Asad.  Por otro lado, Rusia y China mantienen sus acuerdos con el régimen de El Asad

Esto huele, vuelve a oler, a chamusquina y pone muy en entredicho los esfuerzos americanos, de los países de la OTAN y de los medios de comunicación que se prodigaron en justificar la intervención militar por razones humanitarias en casos de reciente recuerdo, para presentarnos una imagen interesada de lo que esté pasando en Siria.

Con ello, la teoría de la guerra justa, que en definitiva es la que ponen en funcionamiento cada vez que promueven una intervención militar las grandes potencias, se resquebraja, porque al menos tres de sus “requisitos” (la causa justa, el objetivo decente y el haber intentado por todos los medios previamente una solución no armada) se ven desmentidos por completo, ya que no se busca lo que se dice (más bien se usa de excusa), sino provocar la intervención.

Pero esto nos da pie para poder abundar un poco más en la famosa teoría de la guerra justa, pues, con mucha probabilidad, saldrán en breve voces “pacifistas” de diverso grado predicando la necesidad de la intervención armada y los medios promilitres las amplificarán dando a entender que el pacifismo está de acuerdo con estas aparentemente buenas razones.

1) ¿Qué es la teoría de la guerra justa?

La teoría de la guerra justa nació en un contexto de imperialismo similar al actual, allá por el Siglo IV, y como un intento de convencer a los cristianos, en definitiva la ideología y la práctica vital más importante del imperio romano de entonces, de que en determinadas ocasiones estaba justificada la guerra y debían las personas abdicar de su incondicional pacifismo.  Según esta teoría, cuando la causa era justa, la autoridad legítima lo ordenaba y el objetivo era reponer el bien o evitar un mal absoluto, era lícito luchar como soldado del imperio.

Quedémonos con este dato curioso: no nace como una teoría ética contra el mal de la guerra, sino como el intento leguleyo e imperial de soslayar la ética para permitir, en circunstancias determinadas, la participación de los ciudadanos con principios de pacifismo incondicional en el desarrollo de la política militar de guerra que el imperio romano tuvo como una de sus razones de ser, si no la principal.

Por ello, desde su nacimiento, la teoría de la guerra justa no ha pretendido otra cosa que ofrecer una justificación ética a la guerra y una autorización legítima para emprenderla cuando se dan algunas circunstancias, pero, por desgracia, lejos de ser una teoría verdaderamente ética, es un argumento político, propagandístico, autolegitimador, interesado, partidista, al servicio de los intereses de los que emprenden cualquier guerra.

 Podríamos decir otras muchas cosas de la misma, pero quedémonos con dos que, de momento, nos pueden servir para el análisis:

Primera, que la justificación de la guerra nunca ha sido pacífica ni en la filosofía, ni en la ética, ni tampoco en la práctica pacifista, aunque siempre ha sido un argumento del poder y, sospechosamente, todas las guerras han sido justas para el argumentario de cada contendiente.  Sorprende que en el Siglo XX resurgiera esta teoría a partir de la guerra de Vietnam, pero sobre todo de la expansión militarista de Bush, su gran difusor y sobre todo sorprende porque estos difursores ni tienen una ética de paz ni buscan la extensión de la paz al mundo, sino mantener ciertas posiciones e intereses a cualquier precio.

Uno de los grandes estudiosos de este tema, el filósofo Francisco de Vitoria,  precisamente con motivo del imperialismo español de su época, llegó a negar que la susodicha teoría en cuestión pueda servir para justificar cualquier guerra promovida por los poderosos y afirmó que ninguna guerra de conquista pueda ser considerada justa, o que lo único que puede justificar una guerra es la autodefensa (la defensa para repeler las ofensas recibidas), limitando así el margen de la propia teoría y expulsando el recurso de la guerra (y con ello su preparación o la amenaza de ella) de los usos políticos legítimos. Otro de los que se preocuparon ampliamente por el tema E. Kant, llegó incluso a señalar que no sólo no hay guerras justas, sino que guerra y justicia son antagónicas, y que la guerra es precisamente la mayor de las injusticias y la construcción de la paz justa una de las mayores aspiraciones éticas y políticas.

Segunda.  A pesar de la falta de justificación moral de la guerra y de la falta de coherencia incluso de la teoría de la guerra justa para justificar cualquier desmán guerrerista, sin embargo, como nos dice W. Welzer, el filósofo que más ha teorizado de este asunto en el siglo XX y XXI, los requisitos de aquella nos pueden servir para realizar deliberaciones democráticas y para discutir sobre la guerra en un plano práctico o, lo que es lo mismo, para buscar argumentos de su desaprendizaje.

En este sentido, añadimos nosotros, la guerra no es moral, pero existe y tiene perversos efectos sobre los que conviene discutir socialmente. ¿Por qué? Porque, probablemente, desaprender la guerra y proscribirla de la historia sea una responsabilidad nuestra y un deber ético ineludible al que la sociedad debe empeñarse, incluso en contra de sus propios poderes militaristas.

Y esto nos pone en el plano de la política práctica. Es decir, del tipo de mundo y de orden que queremos construir y de la deliberación política de la sociedad para conseguirlo aquí y ahora, precisamente cuando todos los Estados y gran parte de las estructuras y de la cultura dominante se encuentran en un estadio permanente de preparación de la guerra, dilapidan ingentes recursos en armamentos y ejércitos condicionan el desarrollo e incluso la i+d a los fines militares y usan de la guerra, o de su preparación, como un instrumento más de sus políticas.

Si hacemos un repaso del Siglo XX podremos contabilizar más de 70 millones de muertos a causa de las guerras, más de 40 millones de desplazados por sus tropelías, más de 150 millones de mutilados, violados, y un largo etcétera como “efectos colaterales”, sin contar con la devastación material y la tremenda huella ecológica dejada por todo ello. Las cosas no han mejorado con el Siglo XXI y si miramos los once años que llevamos de éste, encontráremos a día de hoy hay más de veinte guerras abiertas, de las cuales la mayoría son lo que podemos llamar guerras olvidadas (¿o silenciadas?).

2) Los requisitos de la guerra justa

Veamos por tanto cuáles son los requisitos más o menos consensuado de una guerra justa y apliquémoslos al caso sirio.

Dichos requisitos son:

  1. su causa debe ser justa,
  2. la debe declarar la autoridad legítima,
  3. su objetivo debe ser correcto, esto es restituir la paz y evitar un mal evidente y grave,
  4. se han debido agotar todos los medios pacíficos previamente,
  5. la acción militar debe ser proporcional y no desproporcionada para evitar males mayores de los que se intentan combatir y
  6. se debe tener garantía de éxito de la misma.

Podremos discutir sobre el alcance de estos difusos objetivos e, incluso, sorprendernos de su incoherencia interna, como ocurre entre el requisito de la causa justa, que aparentemente implica una incondicionalidad ética, con el de tener asegurado el éxito, que parece tener muy poco que ver con criterios éticos y sí más con el cálculo puro y duro.

Pero, al margen de todo ello, veamos cómo en el caso sirio, para sorpresa nuestra, no se cumple (no se pueden cumplir ni siquiera) ninguno de ellos.

Causa justa

Veamos la causa invocada por la proto-coalición del bien que quiere intervenir en Siria.

Esta es parar los desmanes de El Asad, que, conforme a los datos de Naciones Unidas, ha provocado más de 7.000 muertes tanto con sus tropas y en los asedios a diversas ciudades “rebeldes” como mediante la aplicación de la represión.

Debido a que los actores y promotores de la invocación de la guerra, principalmente la OTAN y EEUU han sido en otros conflictos recientes protagonistas de acciones militares similares, la causa invocada, en este caso, debe verse con especial escrúpulo y determinar no sólo si dicha causa puede ser suficiente sino, sobre todo, si ésta legitima a la intervención de países y coaliciones que, como veremos, tienen además (y sobre todo) otros intereses diferentes.

En primer lugar conviene decir que no está claro si los desmanes únicamente se desarrollan en una dirección o son, por así llamarlo, bidireccionales. Y ello es importante porque conviene conocer si asistimos a una guerra civil o a una política de represión sin más.  Pensemos que en ocasiones no muy lejanas, sin ir más lejos, nos vendieron a un dictador represor que masacraba a su pueblo como causa de la intervención y en realidad nos encontramos con bandos militares enfrentados e igualmente ejercitando el horror.  Pensemos que si de horror se trata la guerra, cualquier guerra, incorpora una dosis no pequeña y todos los contendientes se ejercitan en practicarlo con fruición.

Pensemos también que el hecho de que Estados Unidos y la OTAN mantienen en la actualidad comados en la zona haciendo labores de adiestramiento militar a uno de los bandos, o que Rusia mantenga sus convenios militares con el régimen de El Assad, no parecen ser factores en favor de la justicia de la causa, como tampoco parece serlo el hecho de que en Siria se está jugando una soterrada lucha política entre varias potencias importantes (Rusia, China, Estados Unidos) en beneficio de intereses propios y nunca de la población siria.

Parar la guerra, parar las armas, parar el horror, puede ser una causa justa y, es más, un deber ético al que aspiramos todos. Ahora bien ¿Puede la guerra parar la guerra? ¿Sirve la guerra para parar el terror?

La historia reciente, y también la más pasada, nos muestra recurrentemente que la guerra únicamente enquista los problemas, pero no soluciona ni transforma sus causas, con lo que de nuevo suelen reaparecer de forma más escandalosa, cuando no ocurre, como en Libia y otros escenarios similares, que cronifican la situación o la agravan.

Recordemos que situaciones como la de Siria se dan en este momento en otros 23 conflictos armados silenciados donde ni siquiera se plantea nadie una intervención humanitaria. ¿Por qué Siria y no  otro lugar?

Recordemos junto a ello la existencia de millones de personas que viven con absoluta privación de derechos humanos o en riesgo de muerte por hambre en la guerra por otros medios que es la pobreza severa a la que nuestro sistema de vida condena a tres cuartas partes de la humanidad. ¿Por qué aquí no invocamos una causa justa para revertir inmediatamente estas situaciones?

En todo caso, aún cuando pudiéramos postular la justicia de una causa que consista en parar la guerra, el problema es que los ejércitos y la guerra no son medios idóneos  para ello y eso nos exige afinar más en nuestros criterios éticos y prácticos, tanto para buscar metodologías más adecuadas, como para amplificar nuestro foco de mirada a los escenarios y tiempos en los que sí podemos hacer algo eficaz con mucha más facilidad y mejores perspectivas de obtener buenos frutos: el antes de la guerra y el después de ella.

Se nos ocurre que, por ejemplo, luchar aquí y ahora en contra de la venta de armas, en contra de la fabricación de armamentos, en la reducción de los gatos militares, en el boicot a las empresas y entidades que fomentan el rearme, en contra de la preparación permanente de la guerra por medio de instrumentos políticos, culturales, económicos, etc.; el luchar contra los políticos militaristas y contra el militarismo; el fomentar relaciones internacionales justas y un orden mundial justo que gradualmente cambie las situaciones de violencia estructural; el trabajo de las organizaciones sociales solidarias en pro de un mundo mejor y un largo etcétera sí hacen por la causa justa y con metodologías justas y legítimas, no colaboradoras con la espiral de la violencia que es la guerra.

Autoridad legítima.

Resulta polémico saber qué autoridad global tiene legitimidad para declarar una guerra en apoyo de los ideales compartidos de la humanidad. Desterrados grandes hombres de relumbrón, como el Dalai Lama, El Papa, Messi o cualquier otro de los que encarnan valores sagrados, podría parecer que la ONU es la instancia más idónea para hacerlo.

Aunque tenemos muchas reservas hacia la ONU y creemos que es merecida toda crítica a la misma por el desafortunado papel jugado hasta la fecha, por su obsolescencia demostrada y por el politiqueo y juego de intereses que mantiene, por lo antidemocrático de sus mecanismos de toma de decisiones donde unos países están favorecidos y otros marginados, lo cierto es que, en las actuales circunstancias ni siquiera la ONU cuenta con el consenso necesario para pronunciarse a favor de una intervención en Siria.

Objetivo.

El presupuesto del objetivo, parar el terror y restituir la paz, resulta igualmente imposible desde la opción militar. Veamos los múltiples ejemplos recientes de intervención militar humanitaria para salir de dudas.

La guerra no sirve para parar la guerra, sino para dominar. No para la guerra, sino que la hace larvarse y reaparecerá antes o después. Polariza las posturas pero nada cambia.

Incluso más: la intervención militar contra Siria, como ha pasado en otros escenarios, puede ser excusa para otros objetivos ajenos a la paz y puede derivar, como ya ocurrió en las guerras anteriores, en un ajuste de cuentas interno, en el derribo de un régimen político para poner otro más proclive a los pacificadores, objetivos que no forman parte del objetivo legítimo.

Haber agotado todos los medios.

Si los anteriores requisitos se han demostrado imposibles de cumplir desde la propia acción militar y porque conocemos los intereses en juego ene l conflicto sirio, este requisito ni siquiera se ha intentado poner en marcha.

En el caso sirio no se han agotado las acciones posibles para acabar con la violencia del actual conflicto.  Sobre todo si atendemos a las acciones que deben combatir la violencia estructural del régimen de El Assad con sus ciudadanos, la violencia estructural provocada por el primer mundo en países como Siria, la violencia estructural provocada por el actual sistema de relaciones económicas e internacionales injustas e imperialistas de las cuales nos beneficiamos en el primer mundo y sufren los países del Tercer Mundo como Siria, por citar sólo algunos ejemplos.

Antes bien, habría que buscar una acción rápida que consistiese en forzar el desarme del régimen sirio (también de los rebeldes) para promocionar otras vías con menos violencia para resolver el conflicto.

 Proporcionalidad de la acción.

Al igual que los anteriores criterios, la acción de guerra no tiene proporción. No puede evitarse la violencia ejerciendo violencia. No puede evitarse la guerra alimentado la guerra. Esto lo sabemos bien en el caso libio, o en Irak, o en Afganistán, …  El uso de la violencia y de la intervención violenta desde occidente es antiproporcional porque lo único que va a conseguir es enquistar el problema, dilatarlo en el tiempo, militarizar la situación y cerrar vías de intervención noviolenta.

Seguridad de triunfo.

Igualmente estamos ante un requisito imposible. No hay seguridad del triunfo, si por ello entendemos dominio absoluto de la situación y restitución de la situación de no guerra. Pero sobre todo no estamos ante la posibilidad de triunfo en un doble sentido:

  • Porque en la región se juegan intereses geoestratégicos muy relevantes entre superpotencias que aspiran a convertir a los países en zonas de influencia de sus intereses, y no es previsible que si la intervención la pretende la OTAN, los oponentes Rusia y China vayan a dejar que triunfe de forma definitiva.
  • Pero también porque si se trata del triunfo de la paz, aparentemente, la acción militar, como ha pasado en otros países, no permitirá la paz, en todo caso la quietud temporal y la cronificación de un conflicto que lleva mucho tiempo larvado y que no ha conseguido una manera pacífica de solución.

Frente a la teoría de la guerra justa cabe proponer y promover el rechazo de la intervención militar y la apuesta por las vías pacíficas. Se nos ocurre que se puede emplear una diplomacia preventiva en la zona, que se puede llegar a negociaciones de los cotendientes para la desmilitarización de zonas y el respeto a los civiles, que se puede presionar económica y financieramente al entorno de El Asad, que se puede apoyar la lucha noviolenta que ya se da en muchas ciudades, que se puede apoyar a los desertores y desplazados, dejar de vender armas y de aliementar el tratamiento militar del conflicto.  Porque estas actuaciones sí promueven la paz y sólo la paz es justa.

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2 Responses to Siria y la amañada teoría de la guerra justa

  1. […] Siria y la amañada teoría de la guerra justa (pinchar aquí) […]

  2. AMAZIGH YUBA dice:

    No estamos teorizando sobre la GUERRA, estamos diciendo que impidan que unos satrapas dejen de matar inpunemente a sus pueblos, sea Libia, Yemen, Tunez o Siria, o acaso te vas a hacer responsable de las mas de 10.000 muerte ya acaecidas o vas a ir tu a hacerte matar por ellos?. deja ya de polemizar y permite que esops pueblos y seres humanos vivan de una forma u otra. BASTA YA DE DEMAGOGIAS Y DE QUERER LAVARNOS LA CABEZA, YA LA TENEMOS BASTANTE LAVADA.
    LA FUERZA USADA CONTRA TIRANOS DEBE ESTAR BENDECIDA POR NOSOTROS. yyyyaaaaaaaaaaaaaaaaaa

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