Análisis noviolento de la intervención en Libia.

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La reciente intervención militar líbica de la coalición agrupada bajo el patético nombre de “Amanecer de Odisea” ha provocado una oleada de adhesiones y aplausos entre los opinadores del partido tácito del militarismo, lo cual no es novedoso, y otros apoyos predecibles de personas que no pertenecen, o al menos no pertenecían, al furibundismo militarista.

Nos queremos referir aquí, y rebatir desde argumentos lógicos, éticos y del pacifismo práctico del que provienen algunos de estos opinadores ahora en boga, al artículo de Viçent Fisas, director de la Escuela de Cultura de Paz de la Universidad Autónoma de Barcelona, publicado en El País el 22 de marzo de 2011 bajo la macartista imprecación de “La izquierda y la intervención militar en Libia”.

Comencemos por afirmar la independencia de criterio y la legitimidad de los argumentos de Fisas, no faltaba más, y entendemos que, también, la lealtad y la sinceridad desde la que formula sus propuestas, por más que, en nuestra opinión, estén tremendamente desacertadas y, por lo que se refieren al trato hacia el pacifismo alternativo y hacia lo que él mismo denomina “vieja izquierda”, sean bastante injustas.
1 ¿Quién es Viçent Fisas?

Queremos empezar reconociendo los méritos del autor y, tal vez, desvelando sus desencantos, que no son de ahora, con “la izquierda tradicional” y el antimilitarismo, a los que, en un totum revolútum no muy preciso, de alguna manera acusa de incoherencia y de furibundo antimilitarismo.

Fisas, que proviene de un pacifismo práctico y luego ilustrado, fue una de las (pocas y muy meritorias) personas que tradujo y puso entre nosotros la idea de que el modelo militar de defensa se puede reformar desde planteamientos de lo que podemos llamar “pacifismo no alternativo” o “institucional”. Propuso el cambio de modelo hacia ejércitos no ofensivos, el giro de los objetivos de la defensa hacia la defensa de los derechos humanos y de la “seguridad humana”, el uso de las  políticas de exterior y de cooperación como instrumentos para la solidaridad y paz. Introdujo en nuestra (escasa y poco ilustrada)  literatura “pacifista” las ideas sobre la violencia y sobre la paz con contenidos que ya se trabajaban en el extranjero, familiarizándonos con autores como Sharp, Galtung, Laederech y otros. Fue el primero que difundió, en estos lares, el término transarme (transarmament) como propuesta de transición hacia un modelo de defensa no militarista. Y tuvo el mérito de convertir ciertas aspiraciones e ideas pacifistas en propuestas con rango académico, por más que sus propios planteamientos, en la medida en que se especializaron y academizaron, han ido desconectándose en realidad de la práctica pacifista y antimilitarista inicial.

Como explica un antiguo dicho, sin duda manejado por el autor, hay que dar al César lo que es del César y ahí queda hecha la mención de los innegables méritos de Fisas. Pero tales méritos ¿hacen más autorizada y acertada  su opinión?, ¿Gozan de la innegable “auctoritas” de quien se predica como experto por el mero hecho del prestigio del firmante? Nosotros opinamos que no, y de ahí la necesidad de analizar con detalle sus argumentos. ¿No cabe en el terreno de los conflictos internacionales otra postura que aplaudir la injerencia militar y relegar a la categoría de la irrelevancia cualquier otro planteamiento que no sea el uso de la fuerza? Nosotros pensamos que esta postura tan maniquea en realidad es nefasta y perjudica el avance de una verdadera cultura de paz.

Pero antes de rebatir las principales, desafortunadas en nuestra opinión, tesis guerreristas de Fisas, debemos indicar algo que tal vez permita contextualizar y entender los prejuicios del autor respecto del antimilitarismo y de la izquierda vetusta y, en la medida de lo posible, situar sus opiniones en un plano de discusión racional desapasionada.

Vamos a ello: Fisas apoyó a Izquierda Unida en el año 1990 en la elaboración de una propuesta de reforma del ejército. Proponía un proceso de transarme hacia un ejército reducido y no ofensivo, que se planteara como objetivo la paz y la seguridad. Así propuso el “Defensa 2001. Una propuesta para España” (publicado por el CIP en Informes CIP núm. 2, 1990) que luego IU utilizó con algunas rebajas sobre la propuesta originaria (en este caso al parecer no tanto por el tic antimilitarista de la izquierda tradicional como por el tic militarista que no asumía postulados tan “vanguardistas” como los del autor).

Tampoco la propuesta de Fisas fue bien acogida por los grupos antimilitaristas, en aquella época más centrados en las luchas antiotan y antibases y en la desobediencia antimilitarista e insumisa ante la ley de objeción de conciencia (con la que Fisas no acababa, desde su idea de objetor de conciencia diferente, de comulgar). Los grupos antimilitaristas ya trabajaban en la idea de una alternativa global y radical al militarismo y a la defensa militar y tampoco aceptaron  de buena gana las propuestas “a medio camino” del autor.  De este modo Fisas se encontró en terreno de nadie, demasiado lejos para la vieja izquierda, y demasiado cerca para el pacifismo práctico, lo que le provocó un cierto distanciamiento, bastante dolido por cierto, de unos y otros.

Tal vez eso hace perdonable lo que de descalificación tiene el artículo fiseano de quienes no piensan como él y explica la falta de puentes que actualmente existen entre este autor y quienes desde otra óptica, planteamos que lo que se está haciendo en Libia (ahora y antes) es inmoral y que existen otras maneras de intervenir, desde la noviolencia y el compromiso por la paz, para mejorar la situación y no empeorarla.
2. Los argumentos de Fisas. ¿Son novedosos?

Para intentar centrar el debate sobre la oportunidad y la justicia de la intervención militar en Libia y, más allá de esta, sobre si existen otras opciones, fuera de la pasividad, más correctas, de luchar en conflictos de significado análogo, debemos señalar que los argumentos principales de Fisas serían varios:

a) Un derecho a proteger: No podemos permanecer impasibles ante situaciones de peligro para poblaciones, de donde el autor deriva un innegable “existe un derecho a proteger”, con el que, por nuestra parte, como diremos, estamos totalmente de acuerdo con tal de que se considere que este derecho no es estático y, por decirlo de alguna manera, puramente coyuntural y oportunista.  Además, pensamos, no es correcto ligar inevitablemente el derecho a proteger con la metodología militar y violenta, porque del derecho a proteger no se infiere necesariamente la justificación de la intervención armada.

b) La fuerza militar para hacerlo creíble e imponerlo: Del primordial derecho a proteger deriva  Fisas la necesidad natural de contar con un instrumento militar que pueda imponer la paz por la fuerza en situaciones muy concretas de peligro. Unas fuerzas armadas reducidas y entrenadas al servicio de la paz y coordinadas por Naciones Unidas. Tal vez el mutismo del dogma jurídico de que el derecho se diferencia de la moral en que tiene detrás una fuerza coactiva para imponerse saldrá el prejuicio militar, máxima expresión de la fuerza, que que el derecho a la larga ha de imponerse por la violencia. Pero ¿es esto así?.

c) La justificación del uso de la fuerza como “estado de necesidad”.  Lo paradójico en el caso libio, según Viçent, es que no es posible ni siquiera el apoyo a la población si previamente no se reduce o neutraliza el poder militar de Gadafi: No podemos ofrecer seguridad a los libios sin antes reducir la potencia militar del tirano. El siguiente paso que Fisas nos dará como necesario, pero sin embargo no adivinamos a ver como tal, es que la única forma de recudir la fuerza del tirano es imponerla manu militari.  Y lo terrible es, en nuestra opinión, que nosotros somos colaboradores en la construcción de dicha fuerza militar tiránica.

d) La ineficacia de cualquier otro medio. Según el investigador, no valen ni los medios diplomáticos, ni económicos, políticos, culturales, de cooperación al desarrollo u otras metodologías noviolentas. Únicamente es posible el uso de la fuerza militar.

e) El derecho de injerencia debe ser proporcional y limitado.  Finaliza el argumento de Fisas  afirmando que usar una fuerza mínima y limitada a lo estrictamente necesario, lo que implica reprobar e impedir que ocurra como tantas otras veces que el uso de la fuerza no sea una opción de paz sino un refuerzo del militarismo (más venta de armas, más imposición de intereses geopolíticos, refuerzo de la cultura de la violencia, etc).

f) El papel de la sociedad civil (y de la izquierda) es controlar que los límites no se traspasan. Lo afirma cuando afirma que el papel de la izquierda consiste en ser sensible, vigilante y exigente sobre los riesgos que no han de traspararse con la acción militar.

Nosotros no estamos de acuerdo, ya lo hemos dicho, con la justificación en este ni en cualquier otro caso de la intervención militar, pero tampoco lo estamos con los criterios que el propio autor asume y califica de realistas. Y no lo estamos

1) tanto en el orden de los análisis de fondo que llevan al autor a sostener sus argumentos (creemos que hace un reduccionismo histórico y que plantea una visión estática del conflicto existente y de sus causas, implicaciones y actores),

2) como en el plano de la pura eficacia (supuesta, por cierto, pero nunca demostrada con los hechos, y mucho más si los hechos que analizamos son los de las guerras de Irak y de Afganistán u otros desastres similares) de las medidas militares que afirma y en su inevitabilidad,

3) como  en el plano de la ética y

4) de la propia idea de paz desde la que se parte y en el de la actoría e implicación que la sociedad civil (tanto la de allá como la de aquí) lejos de los planteamientos pasivos que hace Fisas, puede y debe jugar para la transformación del conflicto que se ha visibilizado ahora en Libia y en otras regiones del planeta.

Ahora bien, volviendo sobre el argumento fisista, digamos que éste no peca precisamente de novedad. En cierto modo son reproducción de los que acompañaron las intervenciones militares de Europa y Estados Unidos en otros conflictos posteriores a la caída del muro de Berlín, tanto en África, como el Europa y, cómo no, Afganistán e Irak.

En todos ellos, algunos ex-pacifistas o pacifistas terciaron justificando la intervención militar por similares argumentos realistas a los ahora empleados. A saber: Lo inevitable de la intervención armada como único modo de parar el desastre, la ineficacia, cuando no irresponsabildiad, de las posturas noviolentas que benefician a la larga a los tiranos y consolidan el desastre humanitario, la superior altura moral de nuestra causa y derecho a intervenir frente a la barbarie de los otros que se pretendía evitar.

Pero, lo que es más curioso, el grueso del argumento se cierne en torno a la idea de guerra justa, una nefasta acuñación de la filosofía de antigua y rancia presencia entre nosotros (que siempre ha sido usada por todos los ejércitos del mundo para justificar su actuación) y cuya más actualizada explicación debemos a Michael Welzer, quien, entre otras cosas, cataloga de crimen cualquier guerra no defensiva y afirma que “empezar una guerra es siempre un crimen”.

El argumento de Fisas descansa sobre las reglas de “justificación” de las intervenciones humanitarias que Welzer explica en su obra “guerras justas e injustas”, donde centra las justificaciones de este tipo de ingerencias humanitarias en la inexistencia de alternativas inmediatas diferentes a las que pueda recurrirse (el argumento fiseano de que ningún otro medio, diplomático o noviolento cabe en este caso líbico), cuando los actos a los que queremos dar respuesta son de aquellos “que conmueven la conciencia moral de la humanidad” (para el Director del Instituto de Paz y Conflictos se centrarían en que Gadafi ha emprendido una guerra contra sus ciudadanos, que pone en peligro a la población libia) y nos exigen una respuesta que en todo caso pertenece no al ámbito de la justicia sino de la moral (con lo que aparecería la explicación Fiseana de que la opción por la no intervención es inmoral, afirmación sutil que enmascara Fisas cuando acusa a los pacifistas de escurrir el bulto, inacción o irresponsabilidad).

Vaya por delante que nosotros, como Fisas y pensamos que la inmensa mayoría de las personas, opinamos que ante situaciones críticas y de injusticia no cabe la pasividad ni la inacción (pero caigamos en la cuenta que esta situación crítica ya estaba antes y que la injusticia previa también exigía de nosotros movilización e intervención): Siempre es preferible la acción a la inacción y estamos de acuerdo en que en este conflicto no se puede mantener la neutralidad ni se puede predicar la inactividad. No es cosa de los otros, es cosa, también nuestra, que nos afecta, nos interpela y nos exige.

Ahora bien, ¿preferir la acción a la pasividad debe implicar justificar la fuerza militar? ¿La acción militar es la acción ética por el mero hecho de ser la única que ejercen nuestros dirigentes, frente a cualquier otra opción? ¿La intervención no militar aparecería entonces como opción inmoral por inacción? Es un salto en el vacío que únicamente cabe dar desde preconceptos nada contrastados en la realidad y necesitados de mayores argumentaciones.  Estamos hartos de que los telediarios nos muestren no sólo la inutilidad y la falta de ética de todas las intervenciones militares, sino los graves perjuicios hechos a las poblaciones y a las instituciones.

El mismo día en que Fisas proclamaba su apoyo a la injerencia militar, el humorista Forges, a quien no creemos que pueda calificarse de ingenuo pacifista desinformado ni de izquierdista con un tic de querer matar al padre Franco reprobando todos los ejércitos,  proponía una viñeta que desenmascaraba que no hay guerras buenas o malas, sino malditas guerras.

Nosotros estamos de acuerdo con Forges, no hay guerras buenas o malas, justas o injustas, necesarias o innecesarias, legítimas o ilegítimas, más o menos sanas, más o menos decentes, …  Todas las guerras son malditas guerras, guerras reprobables, crímenes contra la humanidad (tenga una u otra ideología esa humanidad a la que le toca pagar con su vida el uso de la violencia para perpetuar los conflictos).

Pero vayamos por partes:
3.- Una respuesta comedida:

Queremos llamar la atención y dar una respuesta a algunos de los puntos flacos de la percepción fisista, agrupando los argumentos en tres grandes bloques:

a) Fisas se lleva mal con la historia.

Varios son los razonamientos de Fisas que queremos traer aquí a colación:

1) Uno, más accidental, pero que no queremos dejar de señalar, referido a los que para Fisas son tics antimilitaristas relacionados con una extraña y antigua psicología asociada al acusado militarismo franquista (y a un cierto infantilismo o inmadurez nuestra, de los antimilitaristas) y que convierte nuestro parecer en una especie de secuela de ese franquismo que actúa como una especie de mecanismo compensatorio o algo parecido. ¿Tal vez desde esta descalificación se pretende que nuestros argumentos, dadas nuestras taras, tampoco valen y son infaniles, ingenuos o irrelevantes? Suponemos que no, aunque algunos artículos y posiciones publicadas por defensores del realismo político en este asunto nos hacen temer que hay quien cree lo contrario.

2) Otro que hace referencia al papel desastroso jugado por la comunidad internacional en situaciones anteriores de “crisis humanitarias” como han sido Somalia, Ruanda o Bosnia, argumento que nos llevaría a recelar, antes que a esperar, de la intervención militar es esta ocasión.

3) Y uno tercero que hace relación a lo que Fisas llama necesidad de ayudar a los insurgentes libios  en este preciso momento, ayuda que únicamente concrerta en apoyo militar, cuando en nuestra opinión el apoyo a las aspiraciones de la población debería ir más bien por otros derroteros de construcción de sociedad civil, y no precisamente de militarización.

No contempla Fisas en su análisis un cuarto argumento histórico, tal vez por olvido del autor, referente al conflicto libio en la perspectiva histórica, lo que además tiene que ver con el análisis de la génesis y evolución del conflicto hasta llegar a nuestros dias, con las causas del mismo, con el papel que en éste ha tenido el comportamiento internacional hacia el régimen libio, hasta hace pocos días apoyado por occidente y consolidado por la aportación de armamento y material antidisturbios al Coronel, con la posición geoestratégica libia y los intereses de las superpotencias en el país y en la region norteafricana y un largo etcétera.

Dejaremos este cuarto aspecto para un posterior análisis de las causas del conflicto, para responder a los argumentos explícitos de índole histórica que maneja, a nuestro entender de forma desafortunada, el investigador y articulista de El País.

Veamos los tres aspectos históricos señalados:

* El antimilitarismo español ¿es infantilismo antifranquista?

En cuanto al antimilitarismo español, lo cierto es que es mucho más y algo bien distinto de la caricartura Fiseana y no responde a la idea de infantilismo que, insensatamente, el autor nos aspeta.

Es cierto que el antimilitarismo tiene parte de su explicación y es sucesor de otros antimilitarismos y de la experiencia sufrida por toda la sociedad que fue el militarismo franquista y, en ese sentido, debe entenderse también bajo esa contextualización.

Fisas no descubriría nada, y desde luego la soterrada descalificación que realiza no tendría ninguna razón de ser, con decir que el antimilitarismo tiene un contexto también en el franquismo (como lo tienen la mayoría de las instituciones principales, la propia democracia e incluso el tipo de sociedad civil y de valores que en general tiene la sociedad española).

La herencia del franquismo en nuestra sociedad es lógica cuando se ha padecido una ideologización profunda, durante cuarenta años, de la cultura franquista, que se encarnó en instituciones, en enseñanzas, en creencias y costumbres, en legislaciones, en metodologías de socialización (entre otras el servicio militar yel servicio social que nuestros ministros y ministras de antes y de ahora padecieron) y un largo etcétera.

El franquismo explica una sociología, y puede en cierto sentido (porque pesa como una losa) dar alguna pista de diversos aspectos de nuestra idiosincrasia, como por ejemplo, por qué nuestra administración sigue siendo vertical, jerárquica y paternalista; de por qué nuestro poder y nuestros poderes siguen siendo autoritarios en su conjunto y perpetúan un proceso de oligarquización del poder y un modelo encorsetado de participación “delegativa”; de por qué nuestro modelo de enseñanza es doctrinario y no ha sido posible culminar la secularización y la laicidad pretendidas; de por qué nuestro empresariado es proteccionista, inmovilista y poco emprendedor, de la fragilidad y “desregulación” de nuestro mercado laboral o de la escasa cualificación de nuestro “capital humano” y hasta de la pervivencia de soterradas ideologías refractarias y racistas en partes importantes de la sociedad. Heredamos todo eso y más, pretendemos salir de ello y, con más o menos éxito en el proceso, vamos haciendo camino en una sociedad que aspira a superarse y mejorar.

Tal vez en ese mismo contexto de explicación nuestro antimilitarismo es también heredero de esa desgracia del franquismo, que desafortunadamente imperó y no murió del todo en nuestra sociedad ni en las mentalidades, incluida la de Viçent y su descarnado anticomunismo.

Pero, por otra parte, el antimilitarismo en este Estado no es el reflejo ni una secuela del franquismo y se nutre de razonamientos, de análisis y de influencias ideológicas  muy diversas y plurales y, sobre todo, de la misma madurez y legitimidad que las que pueda mantener el post-izquierdista Viçent Fisas.

El antimilitarismo es a su vez un punto de vista político legítimo y con contenidos nada infantiles  y una opción ética y de vida entroncada con la noviolencia, que ha hecho de algunas apuestas de su imaginario propio verdaderos referentes para el empoderamiento y la mejora de nuestra sociedad. Por ejemplo, ¿quién iba a pensar hace años que una buena parte de la sociedad asumiría y apoyaría la desobediencia a los ejércitos?, ¿quién que el nivel de conciencia hacia la paz sería el que es ahora?

Como antiguo objetor que se reclama, Viçent no puede desconocer el cúmulo de aprendizajes desarrollados por el pacifismo español, las influencias culturales de pacifismos e ideales noviolentos provenientes de otras latitudes, el originario hambre de saber que el pacifismo tenía y ha seguido manteniendo, y, sobre todo, el cada vez más perfilado y contrastado en la práctica compromiso por la paz, por sus contenidos, que ese pacifismo antimilitarista produjo. Las propias estrategias de acción directa noviolenta y la articulación de la campaña de insumisión a los ejércitos, las pacifistas propuestas de educación para la paz, las principales propuestas de abordaje alternativo de los conflictos, la lucha contra la militarización de la mujer, las apuestas contra el gasto militar y por la conversión de la industria militar a fines sociales, la conexión del ideario pacifista con el ecologista, feminista y con las luchas contra la globalización y un largo etcétera avala el carácter legítimo y nada infantil del pacifismo y desmiente el argumentario, tanto el explícito como el implícito, del elitista monitum descalificador que Fisas nos lanza. Es más, Fisas conoce, o debería conocerlo, el corpus ya importante del pacifismo en cuanto a las políticas de defensa y la apuesta por una propuesta de defensa popular noviolenta que no es ni una entelequia ni una vaguedad, esté de acuerdo o no con la propuesta Fisas.

Tal vez, si cabe, se puede pedir a Fisas y a otros pacifistas de la academia y se nos pueda pedir a nosotros, los pacifistas de la práctica, que busquemos la manera de conectar dos mundos por mucho tiempo separados: el de la teoría sin conexión con la práctica pacifista y el de la práctica pacifista sin conexión con los estudios académicos. Suponemos que tal conexión teoría-práctica en mutuo apoyo implica renuncias de prejuicios mutuos y de cierta visión elitista y/o exclusivista que, seguramente, nos beneficie mutuamente.

* El papel de la comunidad internacional en anteriores conflictos

Señala Fisas que el papel jugado por la comunidad internacional en anteriores desastres humanitarios ha sido negativo, unas veces por inacción, otras por mala acción. Señala los ejemplos de la pésima actuación en Somalia, la inacción en Ruanda y el retraso en Bosnia como ejemplos que avalarían la necesidad de intervención pronta y militar en Libia.

No nos parece que estos ejemplos de la mala actuación de la comunidad internacional avalen el argumento intervencionista. Al contrario, creemos que más bien lo desaconsejarían por cuanto que la contribución de esa injerencia humanitaria ha supuesto la consolidación de las respectivas guerras y conflictos y un verdadero refuerzo de la ideoloigía molitarista. Según explicaba Mark Duffield en su texto “las nuevas guerras en el mundo global: la convergencia entre desarrollo y seguridad”, el intervencionismo humanitario no ha hecho sino empeorar la situación y reforzar el militarismo y la injusticia sufrida por las poblaciones y, en la mayoría de los casos, convertir a las potencias intervinientes en un bando más en la guerra.

De todos es sabido, además, que dichas potencias no han actuado en general desde la imparcialidad que se predica (y tenemos buenos motivos para sospechar que en esta ocasión ocurrirá igual) sino guiados por intereses bien elocuentes que en nada tienen que ver con la ayuda a las poblaciones en peligro.

Si miráramos quiénes fueron los actores del conflicto ruandés y qué argumentos usaron para llevar a cabo su intervención, nos sorprenderíamos de la tremenda similitud con el caso libio de ahora. Es más, sería igualmente similar el juego de intereses de las potencias occidentales en la zona y el papel de éstas en cuanto que sustentadoras previas del régimen y vendedora de armamentos en la región.

Otro tanto cabe decir de la intervención en la antigua ex-yugoslavia, donde además la OTAN tuvo un papel tan relevante como el que ahora pretende asumir. Si releemos los textos de M. Kaldor, o de los españoles Xabier Aguirre, Carlos Taibo o Fernando Hernández, con distintos posicionamientos, tendremos suficiente conocimiento de lo que supuso este intervencionismo humanitario como justificación “ética” en las guerras de la ex-yugoslavia.

Y todo ello sin contar con el papel (más bien papelón) que prácticamente los mismos actores de las operaciones “Amanecer de Odisea” han tenido en anteriores coaliciones para la injerencia, también basada en razones éticas muy similares a las actuales, en Irak, Afganistán, Líbano y otras similares.

Nos gustaría en este punto acudir a la propia opinión del escritor Vicent Fisas en su texto (de 2001) “Cultura de paz y gestión de conflictos” donde mantiene, igual que ahora, el mito de la idoneidad de la injerencia humanitaria con medios militares, a pesar de reconocer que en los nuevos conflictos las fuerzas de injerencia no suelen ir al fondo de los problemas ni abordar la situación de injusticia estructural existente, se rigen generalmente por intereses espúreos de los estados que las promueven (económicos, geoestratégicos, etc.), y sus actuaciones se desarrollan con una serie de defectos de partida que las deslegitiman, consolidando el papel de las fuerzas de paz (y de los estados que las sostienen) como un actor más y potentemente interesado del propio conflicto. ¿será este mismo Fisas en que ahora nos habla en contra de sus propios análisis?

Ahora bien, nos hemos referido a la penosa experiencia histórica de las anteriores intervenciones militares de la comunidad internacional, pero debemos hacerlo también de las cientos de ocasiones en que, ante situaciones de igual o superior gravedad, no ha intervenido o no interviene de manera alguna.

No hay sino que leer los informes de Amnistía Internacional  o de Human Rights para comprobar el grado de violación de derechos humanos en regímenes o países autoritarios y las torturas que siguen perpetuándose hoy en día.

En la actualidad hay más de dos docenas de guerras olvidadas en las que mueren al día miles de personas por uno u otro bando sin que la comunidad internacional sienta la más mínima compasión. Y si nos referimos a situaciones como la de LIbia, tenemos alrededor conflictos en Bahreim, Siria y otros tantos países donde la población sufre represión parecida y en los que la comunidad internacional mantiene una persistente inacción carente de toda ética.

* Las necesidades de apoyo a los insurgentes libios.

Inlcuso más, para lo que se refiere al caso libio, y sin perjuicio del merecido apoyo que la población libia ha de tener por parte nuestra en sus aspiraciones de justicia y pluralismo, no parece que la situación previa a la intervención militar europea fuera de la envergadura que hiciera inevitable una intervención militar.

En la medida en que vamos teniendo más información sobre la evolución del conflicto y sus diferentes actores, las dudas y las preguntas siguen persistiendo.

¿Era, por tanto, inevitable una intervención militar para evitar la masacre?. Mas aún: ¿La intervención militar puede evitar una masacre? Y ¿no está perpetuando la intervención militar aliada una situación de enfrentamiento militar entre un ejército, el gadafista, y otro recién construido, el rebelde, con apoyo aéreo y logístico de la coalición y ahora de la OTAN?, ¿No estamos ante una guerra civil reforzada por el papel jugado por la coalición?

En todo caso, ¿cuál es la diferente situación de represión a la disidencia en Libia ahora y hace tres seis o doce meses, cuando Europa fortalecía el poder político del coronel Gadafi vendiéndole armas (España más de 15 millones de euros), invirtiendo en la construcción de empresas en Libia, aceptando sus inversiones y comprando su gas?

b) ¿De qué somos culpables?  ¿Por qué nos sentimos mal?

Aunque Fisas  afirma lo contrario, poco se debate en el pacifismo español sobre “si merece la pena un pequeño ejército existe un debate clásico sobre si sería conveniente la desaparición de los ejércitos nacionales a cambio de unas fuerzas militares de Naciones Unidas suficientemente dotadas para estas emergencia”.

Al contrario de lo que Fisas afirma, el pacifismo español, en general, es contrario a los ejércitos, sean del signo que sean y tengan el tamaño que tengan, y se pregunta mas bien cómo se puede ser eficaz y coherente desde la noviolencia y desde la solidaridad con los que luchan contra las dictaduras, sin usar, por supuesto, la violencia.

Pero, contra lo que piensan personas no muy bien informadas, tampoco es la postura más creativa ni mayoritaria del pacifismo la búsqueda de un ejército incruento de noviolentos, dispuestos a la interposición entre conflictos. Esta fue una posición muy testimonial, y sin duda destinada a abrir un debate todavía muy minoritario en torno de las metodologías de defensa; debate que sostuvo el fallecido Gonzalo Arias y un grupo muy reducido en torno suyo, pero no constituye una propuesta ni una práctica del antimilitarismo de nuestros días, por más que el bueno de Gonzalo apostó, con mucha razón, por afirmar y promover la necesidad de implicación y de acción directa frente a los conflictos internacionales.

Nadie estamos por la inacción.  Algo hay que hacer en favor de la democracia del Magreb.  Nos sentimos solidarios con la lucha que se emprendió en Túnez y continuó en Egipto, en Libia y en tantos sitios.

Pero, desde nuestro punto de vista, debe ser algo coherente con nuestra ética pacifista. No se trata de tirar los principios ni las oportunidades por la ventana y asumir los del posibilismo y el mantenimiento del status quo.

Por nuestra parte nos parece que este problema de la inacción es uno de los nudos gordianos que impide a muchos hacer propuestas coherentes dentro de la noviolencia.  Realmente tienen razón en que a nivel estatal, a nivel de las políticas reales, son pocas las actuaciones que se hacen desde un punto de vista noviolento.  Y si comparamos este páramo con la selvática diversidad de las políticas violentas que se implementan todos los días, la situación se vuelve angustiosa.

Es entendible, por tanto, que la espesura de las diversas actuaciones militares que aparecen el los telediarios todos los días no nos dejen ver (y menos apreciar) la labor muchas veces sin ninguna publicidad (y menos reconocimiento) de muchos grupos pacifistas que día a día hacen que las alternativas noviolentas al militarismo puedan llegar a escolares y ciudadanos mediante el trabajo en los grupos de base.

España, la Unión Europea, Occidente y la O.N.U. han contribuido a la estabilidad del régimen libio con ventas de armas, tranquilidad y cooperación económica y política, reconocimiento institucional e internacional, etc.  Durante esa larga época nadie tuvo angustias por desarmar militar, política y económicamente al régimen libio.  España, la Unión Europea, Occidente y la O.N.U. hemos sido cómplices de dicho régimen.  Es decir, hemos colaborado en la represión de su pueblo, en la inexistencia práctica de los derechos humanos para los libios, en su falta de acceso a la democracia.  Pero ¿entonces la inacción no era condenable?

Hay que recordar que contra otras dictaduras y contra otros desmanes internacionales se han arbitrado sanciones económicas, vetos políticos, comisiones de investigaciones, condenas, movilizaciones sociales, exigencias de responsabilidad a los  propios políticos de aquí y de allá, etc.  Contra Libia hacía mucho que no, últimamente al régimen libio se le toleraba con una cierta aquiescencia a sus leves cambios de cara al exterior.

Con todas estas actuaciones hemos contribuido a crear una violencia estructural (se puede descargar el trabajo de Utopía Contagiosa pinchando aquí) en Libia, que han sufrido los libios comunes y no así las élites libias.
Nos sabemos coartífices de esta situación, nos sabemos culpables, nos sabemos cómplices.

Y ahora queremos lavar nuestro buen nombre y salvar nuestras conciencias con más de lo mismo:  violencia directa aumentando el círculo vicioso de una guerra civil con el otro círculo vicioso (demostrado en Irak y en Afganistán) de las intervenciones violentas en los conflictos;  violencia estructural redondeando el negocio luctuoso de las ventas de armas:  se vende armas a un país pobre para que las oligarquías controlen a la gente, se acusa a las oligarquías de dictatoriales, se oculta que les hemos vendido las armas con las que oprimen, ayudamos militarmente a los insurgentes, les vendemos armas para colaborar en la salvaguarda de sus derechos y les empobrecemos más y les hacemos más dependientes con lo que estarán obligados a oprimir a su pueblo (o a otros) para poder mantener sus nuevas libertades.;  violencia cultural soslayando los métodos diplomáticos, noviolentos, de diálogo y negociación y haciendo de los métodos violentos militares la única realidad

A la vez, sabemos que esta intervención nuestra no va a solucionar el odio, las ansias de venganza que van a provocar las muertes de la guerra civil libia.  Sabemos que tras esta guerra civil, antes o después, va a tener que ocurrir un proceso distinto, de negociación, de diálogo, de concesiones mutuas, de compromisos entre los distintos bandos libios.  En esos momentos miraremos para otro lado y no nos daremos cuenta de que muchas de las metodologías con las que efectivamente construyen su democracia sí son noviolentas y cuanto más noviolentas sean mucho mejores resultados obtendrán en la calidad de su nueva democracia. Entonces querremos estar en representados en ese proceso de “cambio”, querremos dirigirlo y controlarlo, querremos occidentalizarlo, querremos que asuman los “necesarios ajustes económicos y políticos” para integrarse en el mundo occidental del derroche consumista (¿os suena a algo nuestro?).  En definitiva, olvidándonos de nuestra actual “solidaridad”, nos concentraremos en que su democracia no sea demasiado real y participativa (como la nuestra), en que sus instituciones no promuevan verdaderos cambios sociales (como las nuestras) que les lleven a verdaderos logros en seguridad humana.  Por otro lado, también saben algunos que en la reconstrucción de la sociedad libia (infraestructuras, casas, instituciones) los libios rebeldes nos habrán de estar agradecidos y ello supondrá una nueva oportunidad de negocio para nuestras empresas y para nuestros estados del primer mundo.  Entonces volveremos a olvidarnos de la “ética” que nos ha hecho intervenir para “ayudarles” y retornaremos a los negocios opresores, a las políticas imperialistas, a fomentar su dependencia de Occidente, a controlarles con el opio del consumismo y a impedir que su desarrollo humano verdadero.

Si se analiza la intervención militar actual incardinada en su antes y su después las tornas cambian.  En esta perspectiva vemos un continuo político, económico, cultural.  Es un continuo militarista, violento, opresor, insolidario.  Muchos de los que ven positiva la intervención lo hacen desde esta perspectiva descontextualizada.

Si analizamos la intervención militar actual en la crisis libia nos daremos cuenta de que lo que realmente se está jugando en España es una campaña propagandística (en ocasiones con buena fe y en otras con muy mala uva) para legitimar aquello contra lo que siempre hemos luchado en el pacifismo noviolento:  la violencia en el abordaje de los conflictos, y contra lo que siempre hemos denunciado:  la violencia sólo trae más violencia.

Actualmente lo que estamos viviendo es la perversión de un debate que debería darse desde la ética.  La manipulación se consigue cuando nos hacen sentir culpables por no ayudar a los insurgentes libios, mientras que la realidad es que nos deberíamos sentir culpables de haber ayudado durante años a la dictadura libia.  Es contra esto último contra lo que tendríamos que actuar en consecuencia y donde nos tendríamos que exigir coherencia ética.
4.- ¿Es posible hacer algo desde el punto de vista de una alternativa noviolenta?

Lo primero que queremos tratar es el dónde, el escenario.

A esta pregunta casi todo el mundo respondería que en Libia. Esta respuesta nos llevaría a imaginarnos un escenario bastante complicado (por ejemplo, unas milicias noviolentas de interposición en medio del conflicto libio.  Seguro que estáis pensando que eso es algo tirando a suicida, imposible, que es una utopía.  Pensáis que nadie se presentaría voluntari@, que no hay tiempo para el entrenamiento, que no hay planes específicos de actuación. Además, sabéis que no sólo carecemos de todo ello en España, sino que en los demás países tampoco hay mimbres para dicho cesto.

Pues bien empezamos. Sin embargo, hay que ser conscientes de que sí existen actuaciones noviolentas en las zonas de conflictos o en sus cercanías: muchas organizaciones colaboran con otras de los países afectados por las guerra y/o con las personas, y lo hacen desde postulados que nada tienen que ver con la defensa militar, pero sí con la defensa social, con una defensa que busca defender lo que al ser humano le es importante:  la democracia, el empleo, la educación, la sanidad, etc.  Colaborar con dichas ongs, difundir sus trabajos con refugiados, heridos, desertores, etc., puede ser una labor que cambien la repercusión del conflictos en muchas personas.

Pero, además, queremos abogar por la existencia de otro escenario que es, también, una primera línea del conflicto: nuestro propio estado. Pensamos que es una primera línea porque es en el “primer mundo” donde se deciden muchos (o todos) los conflictos que se desarrollan en el tercer mundo. Como antes decíamos, nosotros somos con-causantes con la violencias directa, estructural y cultural que generamos de muchas de las facetas de los conflictos que sufren los pobres.

Abogamos por desvelar que realmente España es también parte del escenario de la guerra:  aquí se preparan los conflictos, se gestan, se miman, se les hace evolucionar una y otra vez para que nunca acaben y nos sigan dando buenos réditos;  aquí se toman decisiones relevantes sobre el futuro del conflicto, por ejemplo, quién va a ganar y en qué medida va a ganar.

Lo anterior implica que las sociedades de los países del “primer mundo” somos responsables de la parte de las guerras que aquí se deciden. Éticamente no podemos eludir esta responsabilidad de acción en nuestra realidad y por luchar desde aquí y contra los guerreristas que promueven o consienten las guerras desde aquí.

Además, pensamos, en este escenario cercano podemos tener mucha más libertad de acción, estamos protegidos por derechos, podemos ejercer la crítica, la difusión, la educación, las acciones de protesta, los boicots, etc.  Y con nuestras acciones podemos contribuir a mejorar la realidad de muchos pueblos actuales y del futuro.  Añadimos que en este escenario se puede actuar cotidianamente, de a poquitos, colaborando con amigos en grupos de base donde lucharemos políticamente y viviremos alternativas.

El segundo aspecto que queremos abordar críticamente son los actores. Estamos acostumbrados a asumir que los conflictos internacionales son cosas de gobiernos, de agencias multilaterales, de expertos y de militares: ellos tienen los medios y ellos saben (asesorados por los expertos en polemología, terrorismo internacional, temas militares, etc.) qué es lo que hay que hacer y qué es lo que nos conviene. Sin embargo, los intereses, la ética, los valores, las dinámicas desde las que se intervienen en los conflictos desde el punto de vista de los gobiernos o desde el punto de vista popular son muy divergentes. Este tema se puede ampliar un poco en “Los conflictos internacionales desde la perspectiva noviolenta”  del Colectivo Utopía Contagiosa.  Dado que estas actuaciones e intereses son muchas veces contrapuestos, es momento de autoreivindicar el papel de las sociedades civiles en los conflictos internacionales.  Con ello ganaremos pluralidad de perspectivas, concienciación, colaboración, compromiso y ayudas de gente a gente que se nos antojan mucho más efectivas que las de estado a estado.

Es especialmente sangrante la labor de los expertos. Tradicionalmente no han dado ni una. Ninguno predijo nuestra actual crisis económica, ninguno predijo la caída del muro de Berlín, ni la caída de la U.R.S.S., ni los atentados del 11-S, o los del 11-M, ni las actuales revueltas en los países árabes.  Nunca han acertado.  Nunca.  Pero siguen hablando sin parar y marcando las pautas de las informaciones de los medios de comunicación, de los políticos y de las sociedades.  Según ellos nunca hay que usar otro método que la violencia y lo militar.  Según ellos siempre estamos en peligro, siempre estamos sufriendo riesgos, pero nunca nos reconocen como los causantes de las violencias que sufre el Tercer Mundo.  ¡Basta ya de asumir acríticamente a los expertos y sus análisis serviles con el poder y con la violencia!  Es el momento de reivindicar que los conflictos internacionales son responsabilidad de toda la sociedad.

El tercer aspecto que queremos poner en debate es el cuándo.  Estamos hartos de que los medios de comunicación nos pregunten que qué hay que hacer en el peor de los momentos, en plena guerra.  En ese momento, con la retina llena de imágenes horribles, con la indignación corriendo por nuestras venas, con el deseo de solidaridad y, sobre todo, con la falta de informaciones y de formación alternativas, claro, aceptamos cualquier cosa.  ¡Es trampa!  En nuestra opinión es necesario difundir la idea de que los conflictos internacionales o nacionales tienen un antes, un durante y un después.  ¿Por qué no nos preguntan los medios de comunicación qué se podrían haber hecho antes, o qué deberíamos hacer después de la guerra?  El antes es muy importante:  podríamos prevenir muchos conflictos o, al menos, su estallido en guerras, si tuviésemos una política continuada, alternativa y noviolenta en nuestro escenario patrio. El después también es clave: podríamos evitar las dependencias económicas, tecnológicas, políticas, culturales; podríamos dejar de convertir las reconstrucciones en negocios para las arcas del “primer mundo”; podríamos respetar los procesos de los demás pueblos.  En este documento abogamos por iniciar estos debates porque estamos convencidos de que con ellos lograremos muchos éxitos a corto, medio y largo plazo.

En cuarto lugar, queremos, modestamente, proponer a debate algunas líneas básicas que pensamos que podrían modelar la actuación en esta crisis libia y en todas las porvenir, desde el punto de vista alternativo y noviolento.  Somos conscientes de que habrá que debatirlas y modificarlas, tanto en lo básico como en aquellos aspectos coyunturales que sean propios de cada de los conflictos, pero nos parece que el solo hecho de disponer de unas bases de actuación nos puede ayudar a orientar nuestras ideas y nuestras políticas.

  1. Dado que la violencia sólo genera más violencia, renunciamos a su uso.
  2. La solidaridad nos obliga a la actuación.
  3. Optamos por la metodología noviolencia como metodología de análisis y actuación política.
  4. Optamos por el trabajo conjunto en las zonas de conflicto y en nuestros propios países, donde desgraciadamente se originan muchos conflictos.
  5. La entidad de los conflictos armados nos obligan a que la actuación no sea individual, sino que debemos optar por agruparnos y organizarnos. Reclamamos el papel de la sociedad civil en los conflictos internacionales como contrapoder ante los “expertos” y los enfoques gubernamentales o supragubernamentales.
  6. Optamos por potenciar y colaborar con la actuación de las organizaciones sociales de base y sus labores en pro de una defensa de la seguridad humana.
  7. El escenario más cercano y en el que todos los ciudadanos españoles podemos ejercitar nuestra responsabilidad es nuestro propio estado y las instituciones en la que participamos activamente o por delegación (ongs, ayuntamientos, comunidades autónomas, gobierno, instituciones europeas, e instituciones internacionales como la O.N.U. y la O.T.A.N.).
  8. Sin olvidar la actuación durante las guerras, entendemos que los conflictos se generan y evolucionan antes de su estallido en guerra. También nos parece crucial la actuación que tengamos después del conflicto para asegurarnos que su resolución será lo más noviolenta y creativa posible.
  9. Dado que somos con-culpables de las situaciones en otros puntos del planeta en el actual mundo globalizado por haber ejercido durante muchos años violencia directa, estructural y cultural sobre ellos, nuestra principal obligación es acabar con todas las fuentes de dichas violencias.
  10. Lejos de los conflictos que en un momento u otro tienen prioridad para los medios de comunicación, son muchos otros los países con iguales problemas y en los que estamos actuando como generadores de violencia directa (por ejemplo, a través de nuestras empresas), estructural y cultural.  Esto implica que nuestra actuación debe orientarse a conseguir resultados generales y que debemos obligar a que nuestro estado se comprometa con políticas que no generen violencias.

Además de las líneas generales anteriores, queremos destacar algunas propuestas concretas.  Pensamos que en su conjunto pueden acabar con esa idea de que no hay nada que hacer que no sea el uso de la violencia y de los ejércitos.  Evidentemente el listado siguiente no tiene ambición de ser exclusivo ni único, somos conscientes de que hay muchas otras iniciativas que pueden tener un gran valor.

1.-  Cada vez pensamos que es más importante y necesaria la reformulación y reestructuración de un movimiento pacifista potente en el Estado Español. Son múltiples las causas de la guerra que se generan en nuestra sociedad y es necesaria la vinculación de muchas mujeres y hombres para relanzar esta lucha, otrora tan potente. Este fortalecimiento social a través de la reformulación del pacifismo nos parece cada día más necesario.

2.-  Hay que investigar la causas de este conflicto libio y de tantos otros conflictos existentes en el mundo y con peligro real de derivar en guerras.  Abogamos porque estas investigaciones han de ser globales, atendiendo a todo tipo de violencia (directa, estructural y cultural).  Además, ha de ser una investigación propositiva que idee alternativas con coherencia ética y con aplicabilidad práctica.

3.-  Se ha de buscar, como primer paso para poder transformar el conflicto de manera positiva,  el alto el fuego entre las partes en conflicto. Hemos de exigir a nuestros políticos e instituciones que los esfuerzos se encaminen a lograrlo con todo tipo de presiones diplomáticas, económicas, noviolentas.

4.-  Antes de seguir promoviendo intervenciones violentas, hemos de promover el desarme de las partes en conflicto. Esta será la vía más factible para luego implementar medidas de diálogo y negociación.

5.-.  Hemos de idear campañas para exigir responsabilidades a nuestros políticos españoles y europeos.  Hay preguntas clave que deben responder: ¿quién consolidó a Gadafi y a los otros dictadores?, ¿qué política exterior tenemos, qué política de cooperación al desarrollo que ha negociado sin rubor con éste y otros dictadores? Debemos coordinarnos para exigir leyes que castiguen con penas económicas y o de cárcel a aquellos políticos que fomenten el comercio o las relaciones diplomáticas de colaboración con las dictaduras.  Seguramente si existiesen dichas leyes se cuidarían muy mucho de traspasarlas.

6.- Un parlamento que no controla la política militar y la política exterior es un parlamento inútil.  Por lo tanto, también hay que exigir a “nuestros representantes populares” que hagan una verdadera política de control parlamentario en la que el gobierno deba explicar sus relaciones con muchos países dictatoriales. Hay que hacer política de control parlamentario de manera crítica y constructiva.

7.-  Debemos exigir que las políticas de defensa, de exteriores, de cooperación internacional queden claramente delimitadas y descritas en los programas electorales de los partidos políticos, no consentir que sean meras declaraciones vagas e inespecíficas de generalidades. Debemos saber quiénes apoyan la intervención militar, quiénes promueven la venta de armas a países en conflictos, quiénes proponen democratizar la toma de decisiones en materia de defensa, etc.

8.-  Hemos de luchar porque exista un verdadero debate social en España sobre qué política de defensa deseamos.  En concreto tenemos que elegir entre una política de defensa militar y violenta o una política social y noviolenta.

9.-  Se ha de luchar por la abolición de la fabricación y el comercio de armas.  Además, se han de exigir responsabilidades sociales a las empresas que han exportado armas o material de uso en antidisturbios.  Debemos promover una legislación que las condene a cooperar de manera desinteresada en promover los objetivos del milenio en dichos países como pago compensatorio por el anterior comercio de armas.

10.-  Pero no sólo son culpables de colaboración en la promoción de las guerras las empresas armamentísticas, muchas otras han contribuido en diversos países a generar violencia directa, estructural y cultural.  Se ha de exigir a nuestras empresas un código ético de conducta y una responsabilidad social y económica en los países extranjeros donde operan, para que antes de ser generadores de violencias fomenten el desarrollo humano.

11.-  Se ha de ir más allá en la presión económica:  no sólo se han de bloquear las cuentas de Gadafi  y los suyos, sino que se han de expropiar y se ha de dedicar el dinero a la reconstrucción sin contrapartidas económicas y/o políticas, a fomentar foros de diálogo y negociación entre los libios para que puedan construir su futuro sin violencia.

12.-  Optamos por la utilidad de desvincular los conflictos de los especialistas.  Nos venden la complejidad del problema como algo inabordable, sin capacidad de intervenir, desbordado y que necesitamos de expertos y de un plano estatal para ser eficaces.  Sin embargo ningún especialista pudo prever la caída del muro, la caída de la URSS, las revoluciones del Mundo Árabe.  ¿Quién exige responsabilidades a los “expertos” que sólo repiten machaconamente las mismas ideas?  Los conflictos internacionales no son coto exclusivo de los expertos y de los gobiernos.

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Una respuesta a Análisis noviolento de la intervención en Libia.

  1. […] primero ya lo analizamos en un artículo que titulamos “Análisis noviolento de la intervención en Libia” y ahora queremos analizar las propuestas de Fisas, por otra parte el único pacifista que […]

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