El nacionalismo como concausa de las guerras.

Fuente:  El País.

Karadzic, para defenderse en el tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia, ha elegido la vía ideológica dura.  Justifica sus obras en que eran “justas y sagradas” y en la autodefensa.  Ello costó la vida a 100.000 personas.  La culpa nunca fue suya ni de los serbios, la culpa siempre fue de otros.  El nunca agredió, los agresores fueron otros y ellos se defendieron.  Su nación no es culpable, las demás, sí.

Sin duda, las demás partes en el conflicto argumentarían igual pero en sentido inverso.  Así llegaríamos a una diálogo de sordos.

El nacionalismo puede ser amor a un territorio, a unas costumbres, a una historia.  Pero, habitualmente, el nacionalismo se convierte en xenofobia, en desprecio a los demás, en exclusión, en aires de superioridad, en desprecio a las demás culturas, en negación de nuestros propios fallos, en echar la culpa al extranjero y convertirlo en enemigo, en ausencia de autocrítica.  Cuando el nacionalismo hace todo este trabajo (y lo hace con demasiada rapidez y con total contundencia) se convierte en la ideología de la guerra, en la ideología de la violencia.  Haríamos bien en aprender de la guerra de la antigua Yugoslavia para autocriticarnos nuestros nacionalismos, nuestras superioridades, nuestro ansia de victoria y nuestro desprecio a los demás.  Nacionalismos así (y son los más abundantes) son sólo la semilla de la destrucción.

No tiene razón Karadzic en su defensa ideológica, ante los 500 años de sufrimiento serbio, los bosnios, croatas, eslovenos, podrían exponer sus 500 años de sufrimiento.

La guerra de la antigua Yugoslavia demostró que ése no es el método para lograr solucionar los conflictos.  Éstos, los conflictos, existían, existen y existirán.  Están en la naturaleza humana, en la naturaleza social y en la naturaleza ecológica.  Sin embargo, lo que debemos aprender de la guerra de Yugoslavia es que el método para afrontarlos, el método para arreglarlos no es la guerra.  La guerra ahonda los conflictos, los polariza, separa las posturas, aleja las soluciones.  El odio que genera impide la creatividad.

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