El gobierno justifica a los agentes infiltrados. ¿Lo entendéis?
Es para evitar actitudes violentas. ¿Lo entendéis?
Son medidas de prevención y seguridad para la mayoría de los ciudadanos. Ahora sí que lo entendéis, ¿verdad?
También sirve para defender el derecho de reunión. Y de manifestación, claro. Justo ahora encaja todo, justo ahora sí que lo vemos claro, necesario, justo, nuestro deber y salvación.
Sólo nos queda asumir que somos imbéciles y luego darles las gracias por tanto despego de sus privilegios y tanta preocupación por nuestras necesidades y derechos.
Que los infiltran en las manifestaciones y protestas para ser ellos quienes desencadenen la violencia y así los antidisturbios puedan reprimir a gusto, bueno, argumentarán, será por el bien de los ciudadanos de Wisconsin, claro.
Que nos dejan ciegos de un pelotazo de goma, bueno, será porque así se crean puestos de trabajo en el sector del caucho.
Además, los antidisturbios también son seres humanos y hay que mantener sus puestos de trabajo.
El gobierno y el PP justifican lo injustificable. Son cínicos e insolidarios.
Pero tienen apoyos. Millones de personas les votaron. Ellos también son culpables de este cinismo, de esta insolidaridad, de esta violencia, de la represión. El gobierno, los banqueros, los corruptos, no están solos en sus actuaciones políticas, muchas personas de bien son corresponsables. Pero a ellos nadie les mira, nadie les interpela, nadie les pide explicaciones o dimisiones o ser consecuentes, o ser solidarios. Muchos militantes y votantes del PP son corresponsables pero nadie lo nota. Ellos están ahí, escondidos, tan tranquilos, calladitos hasta que llega el momento de votar e imponer con sus votos la miseria a los demás (a veces, incluso, a ellos mismos).
A esta realidad tan perversa se le puede llamar violencia cultural. Nos impide ver nuestros errores porque ni siquiera somos conscientes de que hay que analizar nuestros actos personales. De ella se aprovechan unos pocos. Es fácil, desde este clima actual echar la culpa del malestar a los que protestan, ellos nos privan de nuestra tranquilidad, tranquilidad mísera, tranquilidad con cada vez menos derechos. Pero tranquilidad al fin y al cabo. Desde la perspectiva de la mayoría no se quiere una paz con derechos, simplemente se quiere que nos dejen en paz. Sin embargo, esta opción de esconder la cabeza como los avestruces ante un problema no nos lleva más que a su agravamiento continuado.
Aunque es intuido y/o sabido desde siempre, no está mal que nos recuerden que el militarismo y sus valores (machismo, sumisión, jerarquía, violencia, encubrimiento bajo el paraguas de la obediencia debida, …) sigue siendo un indicador claro de violencia de género.
Efectivamente, allí donde hay bases militares se dan más casos de violencia sexista, cada vez está más en boga utilizar la violencia de género como factor militar, sobre todo contra la población civil.
Así, las activistas advierten que la violencia sexual durante y después de los conflictos armados se utiliza para reforzar las jerarquías políticas y de género, y como táctica para impulsar el miedo, humillar y castigar a las mujeres, sus familias y sus comunidades. El ejemplo que nos ponen en el artículo es sobrecogedor: en República Democrática del Congo se reportan cerca de 1.100 violaciones al mes, con un promedio de 36 mujeres y niñas violadas cada día. Se cree que más de 200.000 mujeres han sufrido violencia sexual en ese país africano desde que está en guerra civil.
Otra fuente, el Comité Internacional de la Cruz Roja, nos cuenta datos en el mismo sentido: sea en la República Democrática del Congo o en Colombia, Afganistán o Irak, para citar tan sólo algunos ejemplos, millones de mujeres y niñas llevan la peor parte en las guerras de hoy, a menudo porque son destinatarias de actos de violencia deliberadamente ejercidos contra ellas como método de guerra. Están particularmente expuestas a la violencia sexual y a otros abusos. En muchos casos, la guerra las obliga a desplazarse, las separa de sus familiares y obstaculiza su acceso a los alimentos, al agua potable y a la atención médica. También puede suceder que las mujeres queden a cargo del mantenimiento de sus familiares como único sostén de familia. Algunas de las posibles consecuencias de esa violencia son la estigmatización y el rechazo de las víctimas y el colapso de las normas sociales y culturales.
Recomendamos ver el siguiente vídeo que da mucho que pensar sobre este problema:
¿Cuál es la alternativa a ambas lacras? Parece que su solución está íntimamente unida. Nosotros pensamos que esto es así porque ambas son manifestaciones coherentes con el actual paradigma dominante, el de dominación violencia, tanto en lo político, social, como en lo económico y en los cultural.
Es muy ilustrativo: Mil millones de personas viven condenadas a una injusticia impuesta por estructurs injustas en barrios marginales a lo largo y ancho del mundo.
Estas personas no viven en la marginalidad por casualidad, por su culpa o por fatalidad. Viven así a consecuencia de todo un sistema mundial de relaciones que genera dominacion y violencia contra las personas, contra el medio ambiente y contra las otras especies. Un sistema con ganadores y perdedores, con beneficiarios y perjudicados.
Si somos más drásticos, viven así porque nuestro modo de vida les condena y les somete.
Por eso es necesaria la lucha social, desde un enfoque alternativo a la dominación y la violencia, para transformar esta realidad que nos condena a todos a la injusticia.
Nos informa Público que Malala Yusufzai, de 15 años, ha sido operada de los dos tiros que el machismo dominante en Paquistán le ha propiciado por defender en público su derecho a estudiar y reivindicar de forma pacífica un cambio cultural para las mujeres paquistaníes y para toda la sociedad en la que ella vive.
La niña mostró el camino de la coherencia con su acción cotidiana y desafiante, e iba todos los días a su escuela a estudiar, a pesar de que los dueños de su región tenían prohibido que las mujeres estudiasen y la tenían condenada a muerte por su desafío.
Ahora, los violentos han cumplido su amenaza, pero no han ganado la batalla: la niña no sólo vive, lo cual es muy buena noticia para ella y para todos los demás, sino que su causa se ha vuelto conocida además de ejemplar y su metodología de lucha se nos ha hecho próxima, y tal vez todo ello sea una piedra más en el camino por romper las ataduras del autoritarismo machista mundial y local.
Pero leamos el comunicado de los agresores para conocer a fondo la prédica de violencia cultural y estructural que quieren perpetuar estos tipos que han ejecutado la orden de muerte: “Estamos a muerte contra la coeducación y el modelo educativo secular, y la ‘sharía’ nos ordena ir contra él”.
Tal vez aquí, desde la comodidad occidental de leer el periódico sentados donde estas cosas no pasan y nos podemos indignar sin alterar las relaciones que se dan entre nosotros; parece que hablamos de otro mundo que no es el nuestro.Pero ¿es esto así? ¿No resuena un tufillo parecido al que, de modo por supuesto mucho más aséptico, se usa aquí para justificar culturalmente la sumisión de las mujeres o su relegación a espacios, actividades o relaciones de segunda fila?
Tenemos la impresión de que el argumentario patriarcal y la ideología machista forman uno de los grandes pilares de nuestro paradigma de dominación y violencia y que son a la vez causa y efecto perversos de gran parte de la violencia (cultural y estructural) que existe en el planeta.
Violencias cultural y estructural unas veces solapadas y soterradas y otras, como el caso que comentamos, groseramente visibles y terroríficas, pero en todo caso, necesarias para mantener un estado de cosas inmoral y que debemos liquidar.
Curiosamente, esta “restauración” por la violencia del orden que practican ciertos grupos sociales y esta lucha contra los cambios es a lo que los señores de la guerra llaman paz y es la paz a la que aspiran: una paz como mantenimiento del status quo y como sumisión de todos a sus ideales, por brutales que sean.
Salvo que nuestra paz no es su paz (o tal vez llamamos paz a lo que ellos llaman guerra) y lucha, como ha hecho la niña Malala Yusufzai, desde la noviolencia , por desterrar y desbordar la imposición de esas violencias.
No sabemos si los cargos de cualquier ministerio del interior del mundo son clónicos o es que la pésima creatividad es un virus que se ceba con los policías, pero el caso es que un ministro del interior de un país de “democracia radical”, tipo España, suele tener las mismas iniciativas (y a veces idénticas motivaciones y obsesiones) que uno de una dictadura furibunda, tipo Venezuela o Marruecos (que no se diga que marginamos a nadie) y acaba mandando a los guardias a dar mamporrazos a los que protestan en las calles y haciendo campañas de intoxicación (de pésimo y nada original gusto) para pedir la colaboración ciudadana contra la insurgencia, la protesta, la algarada o la “violencia callejera”.
Ahora nuestro ministro de la porra, que por cierto es un pío devoto del opus dei, ha iniciado una campaña de estas para que los patriotas informatizados tuiteen sus chivatazos a la pasma y denuncien “la violencia en las calles”
Coincide esta campaña con la organización cívica de la protesta del 25 S, en la que se pretende pasear y rodear por fuera el congreso para que se visibilice lo malrepresentados que estamos y nuestro disgusto por este tipo de politicos extractivos y esta política a favor de unos pocos que padecemos. En cierto modo, un apoyo a la democracia de verdad y una exigencia de que ésta tenga lugar.
Pero seamos cívicos, ya que la policía nos lo pide con tan buenos modales, y denunciemos la violencia:
Por ejemplo, la violencia estructural que puede verse “en las calles”, concretamente al contemplar las largas colas de parados a quienes una tramposa “eficiencia” y “racionalidad” económica ha dejado sin trabajo y sin ingresos para que así seamos más competitivos.
O la violencia de unas leyes que en la prática han provocado la desprotección social de millones de personas en nuestro estado y las deja sin casa, sin recursos, sin médico y “en la calle”.
O la grosera violencia de comprobar las diferencias de rentas y de esfuerzos (que se pueden ver en las calles de nuestras principales ciudades según paseemos por sus manzanas más pijas o por sus suburbios) entre los más pudientes (y que por cierto no pagan igual impuestos que los otros) y los demás.
O la violencia cultural de hacer prevalecer valores machistas, autoritarios, justificadores de la violencia en la prensa escrita, los noticieros e incluso en la “cultura” que nos trasnsmien nuestras élites.
O la violencia de un militarismo que detrae más de 36.000 millones de euros y nos endeuda para comprar armas con las que se ejerce la violencia contra otros pueblos, con nuestros propios soldados y “en la calle”.
Ayudemos a la policía a ver que en cuestión de violencias, las más groseras y graves de las que ocurren en las calles no son, precisamente, las que ellos tienen metidas en sus obsesas cabezas, sino las que defienden con sus cachiporras.
El coronel Zakarihan (hoy en Turquía, tras haber desertado) denuncia lo que hace el régimen sirio en esta guerra civil:
La mayoría de los altos mandos militares viven en residencias militares, sometidos a estrictos controles. Los teléfonos están pinchados. Así evitan deserciones.
La tropa está desmoralizada. Muchas tripulaciones de blindados combaten encadenados para evitar deserciones.
Acciones de castigo: Entramos en el pueblo por la mañana. Al cabo de diez horas, había más de 100 civiles muertos. Los soldados los llevaron a una hondonada y abrieron fuego desde todas partes. El comandante ordenó colocar a los niños sobre los vehículos blindados, a modo de escudos. En una curva, uno de los niños cayó y el conductor de mi ambulancia no pudo esquivarlo. Pero las crueldades que se practican a la vista de todos no son nada comparadas con las ocurren sin que se sepa.
Aunque en la guerra, a nuestro juicio, todo es ilegal, algunas actuaciones se llevan la palma: En el hospital militar de Alepo los sanitarios y enfermeras asesinaban a los heridos durante la noche con inyecciones de calcio, sustancia que provoca una parada cardiaca. O con sobredosis de insulina, que produce un coma hipoglucémico y, como consecuencia, la muerte.
Nadie denuncia las injusticias, el coronel Zakarihan tampoco: Imposible. El que protestara habría sido el siguiente en morir. Y así, la espiral de violencia sigue aumentando.
Se asesina a los heridos del propio bando: Un soldado herido vuelve a casa y le cuenta a su familia lo que ha visto. Las Fuerzas Armadas pagan su tratamiento, la familia exige compensaciones… Un soldado muerto es más barato. Como mártir recibirá una bandera para cubrir su ataúd, y se acabó.
Se practica la tortura habitualmente: Muchas noches era una diversión: recorrían el hospital, les quitaban el oxígeno a los heridos, aplicaban electrochoques hasta matarlos…
Se manipula con muertos a los medios de comunicación: Muchos muertos no se entregan a las familias. Miles de cadáveres de hospitales y prisiones se almacenan y se utilizan luego para simular ataques terroristas (…) Si se fija en las imágenes de televisión, verá que muchos de esos cuerpos no sangran. Llevan muertos mucho tiempo. O se manipulan escenarios para reclamar que ha sido el otro bando el causante de la matanza: Exacto. Es siempre el mismo patrón. La zona se cierra a primera hora. Llegan los vehículos con cadáveres traídos de los hospitales y los distribuyen por el suelo. Se activan los explosivos y al cabo de cinco minutos aparece la televisión y graba a las víctimas.
fuente: Publicado en el periódico semanal es.hora el 13 de julio 2012
Por mucho que se hable de la paz y se ensalce como ideal, lo cierto es que en nuestra cultura la paz no se entiende desde sí misma y desde sus contenidos propios, sino desde la violencia y la mentalidad violenta.
Resulta asombroso y turbador comprobar como, sin ir más lejos, la explicación de la paz en cualquier libro de texto viene dada no como una historia de sus hitos principales a lo largo del tiempo, o como la explicación de sus logros en elevar la conciencia humana sobre la miseria y la crueldad imperante, sino como una sucesión de períodos de calma chicha entre guerra y guerra, dando a entender que la paz, al menos la paz a la que realistamente podemos aspirar, no es otra cosa que la ausencia de guerra y que su preparación, en consecuencia, sólo es la acumulación de fuerza y violencia organizada para cuando llegue el momento de la nueva conflagración. Para más desolación, ni siquiera los “estudios” de la paz y los institutos dedicados a ellos suelen trazar una historia de la paz (como si la paz no tuviera historia) y se dedican a otro tipo de cosas.
¿Por qué esto ocurre así? Desde nuestro punto de vista porque estamos atrapados en un círculo vicioso, en un paradigma de dominación y violencia que nos aporta, desde el nacimiento, no sólo la comprensión de la realidad a partir de estos dos ejes (dominación y violencia), sino también los modos operativos y prácticos para diseñar nuestros objetivos (mediante la dominación y la violencia como medio y fin), las metodologías desde las que actuamos en la práctica, los sentimientos y, en fin, nuestro modo de relacionarnos y nuestras aspiraciones de cara al mundo y a nosotros mismos.
Por eso el tema de la violencia es tan central en nuestras vidas y, paradójicamente, a pesar de ser el peor de los males que pesa sobre nuestra existencia, aparece a su vez como algo reverenciado y “natural” incluso por quienes aspiramos a cambiar el mundo (la violencia es definida desde ciertas izquierdas como madre de la historia) y, según han afirmado tantos, como algo inevitable pero útil en el quehacer político habitual y, con igual lógica, en las metodologías de quienes queremos cambiar las cosas. Leer el resto de esta entrada »
La US Navy ha disparado contra un pequeño barco de pesca en el Pérsico. Según parece la barcaza se acercaba ignorando las señales de advertencia del buque y éste lanzó un pepinazo y hundió el barco, cargándose al menos a uno de los pescadores.
La explicación de los ardorosos guerreros parece un tanto ridícula, juzguen ustedes: “La tripulación norteamericana trató en repetidas ocasiones de advertir a los operadores de la embarcación para que se alejaran, dado su acercamiento deliberado. Cuando esos esfuerzos para detener a la embarcación fallaron, el equipo de seguridad en el Rappahannock dispararon varias ráfagas desde ametralladoras de calibre .50”, añadió el portavoz.
Podemos imaginarnos que la paranoia del militarismo yanki les lleva a ver enemigos en barcazas a motor, pero eso no es excusa sino, en todo caso, motivo de preocupación, porque Estados Unidos está acumulando una inmensa fuerza naval en el Pérsico y eso empieza a ser cada vez más peligroso para todos, incluídos los pescadores que nada entienden de códigos militares.
¿Cómo puede ser que la población de un país entero no se inmute cuando se invade a un país, a otro, a otro, …? ¿Cómo puede ser que no se inmuten cuando sus políticas provocan violencia directa y estructural en las relaciones internacionales, económicas y sociales con todos los demás países? ¿Cómo se va a prohibir la producción y el comercio de armas, si pegar tiros es lo que entienden por pasárselo bien?
Pues porque existe un cultura violenta que, día a día, fomenta la violencia, el militarismo, la concepción del otro como un enemigo, el individualismo, …
En el siguiente vídeo se muestra claramente un aspecto de esta cultura de exacerbación de la violencia, del armamentismo, …:
Presentamos un detallado informe de las violaciones de los derechos humanos cometidas contra campesinos paraguayos en su lucha por la tierra entre 1989 a 2005, el llamado informe CHOKOKUE.
La publicación original contiene un volumen de casi 700 páginas, y en el mismo, junto con otras situaciones, se describen 75 ejecuciones ilegales, dos desapariciones de dirigentes campesinos y otras violaciones de derechos.
El informe puede serviros de ejemplo del grado de violencia directa ejercido por los poderosos contra los trabajadores del campo, pero también nos permite desvelar el grado de violencia estructural existente y la complicidad ideológica y de violencia cultural existente.
La lucha por la tierra y contra el abuso del latifundismo latinoamericano es, en nuestro criterio, uno de los componentes de lo que realmente hay que defender y los campesinos y trabajadores rurales dan un claro ejemplo de trabajo por este derecho, ejemplo que contrasta con las actuaciones de los ejércitos, de los latifundistas y el paramilitarismo que los acompaña en su actuación.
- "La otra historia de los Estados Unidos" de Howard Zinn, editado por la editorial Argitaletxe Hiru SL
- "Muhammad Yunus. El banquero de los pobres. Los microcréditos y la batalla contra la pobreza en el mundo". Bolsillo Paidós. 2008.