Los horrores de la guerra y los hombres normales.

Prueba de francés +

Nos informa la sección de cultura de El País de la publicación en España del libro Soldados del Tercer Reich, testimonios de lucha, muerte y crimen (Crítica, 2012), donde se pone de manifiesto la brutalidad y la vulgaridad de la maldad de los soldados alemanes en la segunda guerra mundial y se difunden cientos de testimonios del placer que sentían en matar y causar destrucción.

Podríamos preguntarnos si esta perversión es una característica exclusiva del ejército de Hitler o es algo que ocurre en todos los ejércitos y, de paso, si no van a ser los ejércitos la causa y el difusor de estos comportamientos inhumanos.

Algunos autores, con anterioridad, dice este libro que ahora sale a la luz en España, ya habían trabajado sobre esta materia de forma especifica. El propio libro nos habla de  Joanna Bourke (An intimate history of killing, 1999) o de Samuel Hynes (The soldier’s tale, 1997) quienes habían hecho patente lo fácil y hasta placentero que puede ser matar para cualquier soldado, con independencia de la bandera a la que sirva.

“De lo más perturbador de las escuchas (nos señala el artículo de El País) es constatar que para matar no hacía falta estar especialmente adoctrinado ideológicamente ni brutalizado por la experiencia bélica”.

En efecto, es perturbador. Pero es algo peor aún: es lo corriente. Y lo es porque la cultura militarista y el paradigma de violencia y dominación forman parte de nuestra experiencia personal desde el nacimiento y cimentan nuestras propias culturas .

El acto de matar a otros y la violencia extrema pertenecen a la vida cotidiana del narrador y de sus interlocutores”, señala Welter. “No son nada extraordinario y hablan sobre ello durante horas al igual que hablan de aviones, bombas, ciudades, paisajes y mujeres”.

Todo este potencial de maldad lo aprendemos desde la escuela y las relaciones interpersonales desde la tierna infancia. Allí vamos haciendo “experiencia propia” la resolución de conflictos por la fuerza, el sexismo y el machismo, la organización autoritaria y no colaborativa de la sociedad y un largo etcétera que comportan gran parte de la violecncia cultural y estructural que padecemos. Aprendemos la violencia como medio y fin y la ratificamos en cada acto de nuestra vida. Nuestros símbolos, mitos, relatos, se plagan de guerreros y de héroes violentos. Nuestro sistema productivo reproduce la violencia y la dominación… Las relaciones internacionales también. La violencia estructural es el orden vigente en el mundo y en las relaciones sociales. Aprendemos que el ejército es “lo natural” y que la violencia, cualquier tipo de violencia, es “por desgracia” completamente “inevitable” (con lo que se hace vulgar, común, cotidiana, aceptable).

Y es por eso por lo que no hace falta ningún adoctrinamiento previo porque el veneno ya lo llevamos dentro.

Lo que sí hace falta, entonces, es luchar contra esta violencia paradigmática y desaprender el paradigma de violencia y dominación.

Por eso la guerra, cualquier guerra, y los ejércitos, aún los que invocan causas más nobles, son lo peor de nosotros mismos y nunca arreglan nada, sino que acentúan toda la maldad y todo el desastre pensable allá donde actúan.

Podríamos preguntarnos ahora si todo esto es aplicable también al ejército español. Y más aún, si es aplicable a los ejércitos españoles que están actualmente participando en diversas guerras. ¿Queremos ser cómplices de esta perversión?

Por eso resulta tan urgente para quienes aspiran a una sociedad alternativa luchar contra el militarismo y contra las instituciones “de defensa” que nos degradan.

No sólo no queremos participar personalmente en un horror como éste. No podemos permitirnos siquiera que lo hagan otros por nosotros. Mantener ejércitos es ser, activa o pasivamente, causantes del horror que éstos producen tanto en tiempos de guerra como en tiempos de paz.

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